N.º 47Teatro alternativo

 

El teatro también se lee

Me gusta leer teatro

Berta Pallares
Universidad de Copenhague

Dedicado a Carmen y Miguel

Es que me gusta leer. Y me gusta leer teatro.

Razones hay muchas para leer y situaciones para hacerlo, también. Leo mucho teatro pero no soy una persona que pertenece al mundo del teatro. No soy autora de obras para el teatro, tampoco soy directora de teatro. Tampoco soy actriz ni crítica teatral. Soy solamente filóloga y he trabajado siempre en la docencia. Leo teatro porque me gusta leer. Y leo teatro porque me gusta leer teatro e ir al teatro y voy siempre que me es posible hacerlo.

Al leer una obra de teatro se tiene la posibilidad de «ver» y «aprehender» el mundo en el que el personaje / persona se mueve: sus conflictos, sus afanes y a la vez que se le «escucha» se tiene la posibilidad de confrontarse, compararse o «discutir» con él. Enfrentarse a las vivencias del ser humano que encarna el actor. Es que me interesan todos los seres humanos en cualquier época y en cualquier situación y en cualquier país. Estas posibilidades me las da el oficio en el que he pasado y paso mi vida. El lector se desdobla en su «otro yo», que puede ser otros muchos «yo». Y el «otro» puede ser a su vez muchos «otro». La posibilidad de llegar a la otredad propia a través del diálogo con el personaje me parece algo del mundo fascinante que ofrece la lectura de una obra escrita para el teatro.

Puedo elegir el conflicto del protagonista o puedo elegir el del antagonista o el mensaje de la obra, el contexto o la circunstancia, pero, en todo caso, se trata de un diálogo. Y ese dialogar siempre enriquece. Se trata de un compromiso. Y comprometerse es bueno y, además, necesario y me atrevo a decir que obligatorio.

Siempre leemos desde la subjetividad, por mucho que intentemos objetivar, y es esa reflexión en el conflicto entre el «yo» y el «otro» o, mejor entre los diversos otros en los que se manifiesta la otredad, frente al «yo» y sus posibilidades lo que para mí como lectora es lo más importante ya que me ofrece la posibilidad de ver y de analizar. Hay muchas otras razones que no caben en el espacio normado para esta invitación: Me gusta leer teatro.

Creo que siempre tengo como primer recuerdo de teatro el circo, porque mi primera vocación, niña todavía, fue ser payaso: me gustaba lo que decían los payasos y además me parecía que hablaban en serio, aunque la gente se reía mucho. He ido al circo siempre que he podido y en cualquier lugar donde haya estado. De niña no sabía qué era ser payaso y no sabía eso de que el payaso tiene el poder de provocar emociones, de hacer reflexionar y, sobre todo, es maestro en el afán de superar dificultades. Y en el saber dialogar. Es humano en la poliédrica dimensión del ser humano. Tiene corazón y, además no es tonto, es inteligente. Ahora que sé mucho más de lo que es ser payaso y de su oficio estoy mucho más contenta por haber tenido ese afán. Quizá sea verdad que todos llevamos un payaso dentro. Lo cierto es que en mi biblioteca, acompañando a mis libros tengo un muñeco que es un payaso que puede tocar su tambor si se le da cuerda.

El teatro me ha atraído siempre. Desde las lecturas obligatorias durante la carrera, pasando de las que eran obligadas para la redacción de la tesis doctoral sobre la Danza de la muerte española. Es cierto que se trataba de un trabajo como aprendiz de filóloga, que se trata solamente de un diálogo entre la Muerte y los que llama a su danza, pero implicaba, además de reflexión, mucha lectura de textos medievales, y entre ellos, los del teatro medieval. Así, empezando por allí y, todavía en Salamanca, siguiendo por las múltiples lecturas en la década de los años 50 del siglo pasado a las que se añadían aquellas otras del teatro universitario o de las representaciones en los Colegios mayores de la Universidad hasta hoy mismo, he seguido leyendo teatro.

En «Aquellos años» nos deslumbraba Madre Coraje o discutíamos sobre el Delito en la isla de las cabras o sobre aquella Zapatera prodigiosa, o sobre la espera de Godot, Esperando a Godot, que podría llegar más tarde o más temprano, o aquellos Seis personajes en busca de autor y tantas otras, casi siempre en torno a una taza de café en una reunión en mi casa o en aquel Edelweis de Salamanca, adonde íbamos a quitarnos el frío que hacía en los altos del palacio de Anaya, sede de nuestra Facultad.

Profesión y trabajo me llevaron, a principios de la década de los años 60, a la docencia y a la investigación, y trabajé en los Departamentos de Español de las Universidades de Estocolmo y de Copenhague y en ellas, además de la enseñanza normada en los planes de estudio, he tenido siempre contacto con la lectura de obras de teatro.

Teatro contemporáneo. Teatro suecoCuando se pasa más de la mitad de la vida en un país que no es el propio, uno busca enseguida cómo entrar en él y busca enseguida el teatro. Pero si no se conoce la lengua, en mi caso sueco o danés, se busca enseguida el teatro en una lengua que se entiende, y para eso estaba la colección venerable de Aguilar, serie de Teatro: Teatro danés, teatro de otras partes del mundo. Todos en mi Biblioteca. Así he podido disfrutar de leer primero en español y después en danés o en sueco o en noruego y entender mejor unas culturas tan alejadas de la nuestra. Y después de conocer bien los textos, asistir a la representación: auténtico placer. Así conocí el teatro de Ibsen y el de Strindberg, leído primero en francés para verlo más tarde, si no en noruego, sí en sueco y poder comprender la problemática de aquella señorita Julia.

Cuando se está viviendo es un país que no es el propio, se necesita, a la vez, tener el apoyo de lo que está en tus raíces. Y para ello estaba, en lo que respecta al teatro, la revista Primer Acto que, a pesar de no vivir en España, me permitía leer todo lo que en ella se publicaba; y así llegaban al Norte por ejemplo, aquellas hoy lejanas, Las salvajes en Puente San Gil o La tabernera y las tinajas o Los inocentes de la Moncloa y todo lo que Primer Acto ofrecía número tras número [1] Y era también un placer recibir aquellos modestísimos ejemplares de la Colección Teatro, con cuyos textos tenía, tan lejos de casa y a la vez tan cerca, la posibilidad de leer teatro español [2]. Lo mismo sucedía con aquella breve colección de El bululú. Todos ellos y otros muchos más en mi Biblioteca.

Izquierda, La tabernera y las tinajas y Los inocentes de la Moncloa, de J. M. Rodríguez Méndez. Derecha, Revista Primer acto, n.º 1

He leído teatro de muchas maneras y desde muchos ángulos: unas veces por puro placer en el silencioso sosiego de las tardes del Norte, otras por los compromisos con el oficio. Una de estas maneras me la ha ofrecido mi trabajo en la docencia. Además de las obras de teatro exigidas por la normativa de los planes de estudio, he leído, fuera de los textos obligatorios, yo sola o en grupo con estudiantes interesados y con un elevadísimo nivel de lengua y conocimientos del español y de lo español, otras muchas obras de teatro, en este caso español y portugués. Como lector, es una experiencia fascinante el ver cómo otros lectores se enfrentan con el personaje y luego lo llevan a la escena. Tanto en Estocolmo, yo sola o en colaboración con Upsala, como en Copenhague, he mantenido sendos grupos de teatro y hemos puesto en escena muchas obras: desde el Auto de los Reyes magos, La sibila Casandra, Las aceitunas, El viejo celoso, La comedia del viudo o La farsa de Inés Pereira (ésta en portugués) o Peribáñez y el comendador de Ocaña hasta Cuento de abril, con la escapada a La cabeza del Bautista o La difunta (estas dos últimas por el grupo de Upsala), pasando por Juan Antonio Castro con su Tiempo de 98 o por Oswaldo Dragún.

El oficio dentro de mi trabajo con lo español me ha llevado a muchas zonas de teatro y por ello ha sido un placer añadido o central, como se quiera, leer lo que suele llamarse teatro preclásico como puerta de entrada al clásico al que me ha llevado la investigación. De este he leído mucho, no solo la obra de los grandes, sino también de los no tan grandes y de los que son no solo dramaturgos. Y es lógico pensar que en nuestro oficio, cuando se estudia a los clásicos y se vive en otro país, uno vaya, sin duda, a buscar también a los clásicos de aquel país en el que se vive. Es imposible, si se ha trabajado para la tesis doctoral sobre la Danza de la muerte española, no ir a la Danza de la muerte danesa o a la sueca con su simbólico título El último viaje e intentar ver también el conflicto de sus personajes dentro de las coordenadas de su cultura y de su pensamiento. Y si se estudia nuestro teatro clásico y se vive, por ejemplo en Dinamarca, es imposible dejar de lado a Holberg o ignorar a Kjeld Abell y a alguno de los autores intermedios o no entrar en cómo fue el conocimiento del teatro clásico español en Dinamarca y en Suecia, mucho más conocido, por los daneses al menos, de lo que se cree; teatro que, en excelentes traducciones, nos ha permitido ver La vida es sueño o La casa de Bernarda Alba, o a un nivel más modesto que el del Teatro Real, la representación de El colmenero divino en español, en el Instituto de Cultura de Copenhague como acto de clausura del Primer Coloquio Internacional que organizamos en nuestro Departamento de la Universidad en la fecha, ya lejana, de 1984.

La villana de la sagra y El colmenero divino, de Tirso de MolinaPor fin me centré en Tirso de Molina, en el estudio de su teatro y en la modernidad de su pensamiento en temas tan importantes y tan traídos y llevados en su tiempo como el matrimonio, la melancolía, el conocimiento de lo que pasaba en su tiempo, el análisis de los conflictos del alma humana, en general, pero con una incidencia muy marcada y muy matizada en los conflictos del alma femenina, en la libertad de elección en el caso del matrimonio, sobre todo en el caso de las mujeres, entre las que aparecen siempre mujeres inteligentes y que logran conseguir sus fines; en el teatro de Tirso son menos las mujeres conformistas que las luchadoras por llevar a cabo sus proyectos y capaces de mantener sus decisiones. Y esto no solo en el caso del matrimonio, sino cuando las mujeres quieren ser más cultas, quieren leer, por ejemplo, y no estar sometidas a los deberes del matrimonio tradicional o del concepto que en su tiempo se tiene de lo que debe hacer una mujer, ya esté soltera o ya esté casada. Tirso también muestra su modernidad en otros muchos temas: la responsabilidad y la libertad en toda decisión, el derecho a la libertad interior, en el amor y en el desamor, en la conducta, en el compromiso con la personal escala de valores, en la importancia del tan discutido tema del libre albedrío o sobre el tema, tan importante en los siglos de oro, de la melancolía, cuya compleja problemática conocía por encima de lo que era el conocimiento del tema entre los no médicos, sin que podamos olvidar su vertiente teológica o, más en general, religiosa que implicaba su condición de fraile. Sabe mucho del alma humana. Tirso fue un espíritu moderno en su tiempo en el sentido que señala José Antonio Maravall cuando afirma que la conciencia de crisis del siglo XVII fue vivida por todo español lúcido. Gabriel Téllez (Tirso) fue uno de los españoles más lúcidos en la España de su tiempo y, además, se comprometió en su teatro con la problemática de esta crisis, unas veces con ironía, otras con muy mal humor. El reflexionar cómo salir del mal es para Maravall algo de «lo más caracterizador de quienes ya son hombres modernos». Y Tirso reflexionó sobre ello en muchas situaciones de su obra dramática.

Han sido muchas las horas que he dedicado a la lectura de teatro y siempre han sido placenteras y enriquecedoras, pues como escribió Tirso, refiriéndose a la comedia en El vergonzoso en palacio:

De la vida es un traslado,
sustento de los discretos,
dama del entendimiento,
de los sentidos banquete,
de los gustos ramillete,
esfera del pensamiento,
olvido de los agravios,
manjar de diversos precios,
que mata de hambre a los necios
y satisface a los sabios
.

 

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Notas

  1. Las salvajes en Puente San Gil, de José Martín Recuerda, se publicó en el número 48 de Primer Acto (1963); Los inocentes de la Moncloa, de José María Rodríguez Méndez, en el 24 (1961). La tabernera y las tinajas (o Auto de la donosa tabernera), también de Rodríguez Méndez, se incluyó junto con Los inocentes de la Moncloa en un volumen de la colección coeditada por Primer Acto y Taurus (1968). [Nota del ed.].↵ Volver al texto
  2. Entre 1951 y 1976, la colección “Teatro”, editada por Escelicer, publicó un total de 785 volúmenes, que incluyeron 922 textos de teatro español y extranjero, clásico y contemporáneo. [Nota del ed.].↵ Volver al texto

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