N.º 47Teatro alternativo

 

Cuaderno de bitácora

El techo de cristal. Anne & Sylvia

de Laura Rubio Galletero

El techo de cristal. Imagen del cartel promocional.

El techo de cristal. Imagen del cartel promocional.

¿Cuándo se empieza a escribir una historia? Compleja cuestión. Si escribir se restringe a poner en palabras, retrocedo un año, pero si fuera algo más, he de buscar en mi memoria.

El universo de Anne y Sylvia empieza a gestarse durante mi juventud. Por aquel entonces, asistía como alumna a los talleres que la Asociación Colegial de Escritores organizaba en Madrid. Ese año de arranque de siglo, la línea temática era de lo más sugerente: escritores suicidas. ¿A quién no le interesa un buen suicida? Con veinte años, aún me obsesionaba esa pulsión violenta que reconocía en mí. En clase tuve el placer de descubrir a artistas de la talla de Nerval, Dostoievsky, Quiroga… y por supuesto, a ellas.

Benjamín Prado nos habló de Anne Sexton, poco traducida al castellano y menos popular que Sylvia Plath, a la que también estudiamos. Y yo, en la humildad transparente de autora novata, no daba crédito. Mujeres escribiendo lo que esas mujeres escribían: sexo, locura, talento. Leí cuanto pude leer, no demasiado, sobre ellas. Y se quedaron latentes en mí.

Como en toda gran historia de amor, la nuestra requirió del paso del tiempo para fortalecerse. Sus obras literarias fueron traduciéndose, publicándose ensayos, entrevistas, materiales que devoraba con fervor, como quien busca al oráculo en las entrañas del animal. El tiempo pasó también para mí, ese tiempo me empujaría al teatro, y el teatro me acabó exigiendo mi propio sacrificio. Y tuve que parar. En las universidades te preparan para responder a las preguntas teóricas pero no a las íntimas. ¿Qué demonios estaba haciendo? Escribía sin cobrar por mi trabajo o trabajaba en cualquier cosa sin tiempo para escribir, amaba los vínculos tóxicos, peleaba y perdía todas las peleas. Era la convidada de piedra de mi propia vida. Ese día quise abandonar esto de la palabra dramática. Fue cuando ellas acudieron a hablarme:

“De las cenizas
con el cabello rojo me levanto
y me como a los hombres como aire”

Es el final de “Lady Lázaro”. Poema en donde Sylvia Plath habla de la desesperación, del renacimiento, del milagro.

Lo demás no fue silencio, sino empezar a perdonarme el escribir, el ser mujer y la conciencia crítica. Iba a chocarme contra el mismo techo de cristal (“deberías”, “tienes que”, “tú no puedes”), aunque desde un ángulo distinto. No “tenía que”, sino que quería hacer algo contra esa situación cotidiana del no cumplir ninguna expectativa, ni propia ni ajena. Y yo sólo disponía de la palabra como herramienta. La palabra, de nuevo. (¿Qué palabra la definía? – cuestiona TED) Las mujeres carecemos de referentes claros que nos acompañen en el aprendizaje de nuestra propia identidad femenina, no porque no haya antecesoras, sino porque están dispersas, ocultas en la maraña de la historia escrita por “otros”.

El proceso técnico de escritura textual comenzó, por tanto, cuando pude reconciliar dos vías en un mismo cauce: la de mi experiencia como mujer contemporánea, con mi memoria estética. Así que elaboré un listado de normas impuestas a nuestro género: maternidad, matrimonio, primera vez, amor romántico, pubertad. Todas las mujeres tenemos que significarnos sobre estos temas en nuestra vida. Todas.

Con este listado, dos poetas suicidas convertidas en personajes y el dato extraído de un poema de Anne Sexton (Sylvia y Anne se habían conocido en Boston, en 1959, durante un taller de Robert Lowell y después de clase se iban a emborrachar al Ritz. ¿De qué hablarían estas dos?), me alisté yo en un taller de dramaturgia que la compañía de El Astillero impartía en la Casa del Lector. Me había prometido que no volvería a participar en ningún curso por un tiempo, hastiada de la palabra “emergente”. Bastaron tres meses y unas fructíferas discusiones con Luis Miguel, Yolanda, Daniel e Inmaculada para dar por concluido el primer borrador.

El techo de cristal, de Laura Rubio Galletero.

El techo de cristal, de Laura Rubio Galletero.

Ni fácil, ni difícil, ni destino, ni azar. Dieciséis años después. Mil heridas después. Millones de lecturas después, Anne, Sylvia y Ted Hughes tomaban la palabra (Las palabras y su poder de conjurar –profetiza SYLVIA) para dar voz a un conflicto evidente, ése que aparta a las mujeres del poder.

“El techo de cristal” contiene quien yo he sido, o quise ser, el desconcierto de los hombres ante los cambios sociales y el alma de dos poetas abocadas a elegir radicalmente para poder nombrarse artistas.

Este texto es una respuesta y una pregunta para cada persona, como lo fue para mí. Es un espejo en el fondo de una copa. Por él y gracias a él, he conocido a seres maravillosos que lo han convertido en realidad teatral, desde Cecilia Geijo como directora, las actrices y el actor (Luzia, Montse, Ismael), el equipo artístico y técnico, público, prensa, futuros editores, intelectuales, críticos y mecenas, hasta esa amiga del alma que vuelve a verla cada cierto tiempo para poder debatirlo con quienes la acompañan.

Siempre digo que para esto hago teatro, para seguir escribiendo en los demás y que ellos y ellas decidan el final. No es mi cuaderno de bitácora, aunque mi nombre lo firme, sino el nuestro.

A nosotras y nosotros nos corresponde escribir la historia de quienes por fin, rompieron el techo. Nos leemos en escena.

 

El techo de cristal. Anne & Sylvia

[ fragmento ]

El techo de cristal, de Laura Rubio Galletero.

II. 1959. Lunes. Ritz.

(ANNE SEXTON y SYLVIA PLATH beben Dry Martini en la barra del hotel Ritz de Boston, Massachusetts.)

ANNE. Chico… ¡Otro!

SYLVIA. No puedo beber una gota más.

ANNE. Siempre queda hueco para el penúltimo Martini. ¡Sácate eso de la cabeza, lo que estés pensando, y llénalo con alcohol!

SYLVIA. Debería irme a casa.

ANNE. Sylvia, no seas tan buena alumna, o nos dejarás a todos en ridículo.

SYLVIA. El señor Lowell me ha pedido dos folios. Dos folios, ni uno ni tres.

ANNE. A mí también ¿Me ves preocupada? Mañana le daré sus malditos dos folios.

SYLVIA. No sé cómo lo haces.

ANNE. Con resaca.

SYLVIA. Soy incapaz de escribir si me encuentro mal. Me siento delante de la máquina y me parece que las letras se van borrando del teclado.

ANNE. Cualquier palabra, la que sea. En cuanto escribes una palabra: cenicero, por ejemplo, el hechizo se desvanece.

SYLVIA. Yo no quiero escribir sobre ceniceros.

ANNE. Según Robert, podemos y debemos escribir sobre lo que nos dé la gana.

SYLVIA. ¡Sobre ceniceros, no!

ANNE. No te lo tomes tan al pie de la letra. Termínate la copa, se te están acumulando en la barra. Mira, no cabe ni el dichoso cenicero y yo sin fumar no sé beber: ¡Oh, cenicero, corazón de pavesas de mis muertos!

SYLVIA. ¿Te estás burlando de mí?

ANNE. No, por favor. Estoy recitando cualquiera de mis bodrios.

SYLVIA. Anne, lo que escribes es tan tuyo…

ANNE. No soy más que una “señora de su casa” escribiendo por prescripción médica. Tú eres la universitaria, con sus metáforas, sus paronomasias y sus mil referencias a poetas latinos que no sabía ni que existían.

SYLVIA. Escribir me cuesta.

ANNE. Como a todos.

SYLVIA. Tendría que irme a casa.

ANNE. ¿Te está esperando tu maridito para que le hagas la cena?

SYLVIA. Ted está en Londres, van a volver a publicarle.

ANNE. ¡Un marido poeta! El mío vende calcetines, como Willy Loman.

SYLVIA. Sí, es una suerte poder compartir mi trabajo con él.

ANNE. Cada vez que a Alfred le leo algo de lo que he escrito, me pide que le pase la mantequilla.

SYLVIA. ¿Y tú qué le dices?

ANNE. Recoge el traje de la tintorería, no se te olvide.

SYLVIA. Yo no podría vivir con alguien que no entendiese mi oficio.

ANNE. Tú aún estás enamorada. ¿Chico, viene o no ese Martini? ¡Tengo sed! No pongas esa cara, Alfred es un buen hombre y me hace muy feliz en la cama.

SYLVIA. Dime que eso no nos va a suceder.

ANNE. Claro que no, tú estás casada con el gran Hughes. ¡Qué mujer inteligente no lo desearía para ella! Yo me conformo con menos. ¿Te has fijado en el culo del camarero? No me había dado cuenta hasta esta noche. Hey, ese culo merece un poema. ¡Escríbele dos folios para mañana!

SYLVIA. Yo no escribo sobre camareros, ni sobre ceniceros.

ANNE. Entonces sobre qué escribes, princesa.

SYLVIA. ¡No lo sé!

ANNE. Dime qué arde en esa cabecita rubia.

SYLVIA. Ardo yo.

ANNE. ¡Un brindis por tu yo y por mi yo!

SYLVIA. De verdad, me quiero ir a casa.

ANNE. ¡Lárgate de una vez!

SYLVIA. Vinimos en tu coche.

ANNE. Toma las llaves.

SYLVIA. No sé conducir.

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