N.º 8 De aquí y de ahora. Teatro Español contemporáneo

sumario

Juan MAYORGA, ReikiavikReikiavik,
de Juan Mayorga:
“Esto es mucho más
que ajedrez”

Germán Brignone
Universidad Nacional de Córdoba

Juan MAYORGA,
Reikiavik. Con un ensayo de Fernando Broncano.
Segovia, La Uña Rota Ediciones, 2015.
112 pp. 12,00 €.
ISBN: 978-84-95291363.

 

No resultará a esta altura novedoso presentar en tierras españolas la figura del madrileño Juan Mayorga (1965). El éxito de obras como Himmelweg (Camino del cielo) (2003), Cartas de Amor a Stalin (1998), Hamelin (2006), El chico de la última fila (2008) o La tortuga de Darwin (2009), entre tantas otras, así como las innumerables traducciones y representaciones alrededor del mundo, le han otorgado (con justicia) un lugar de privilegio en la dramaturgia actual de habla hispana. En el año 2015, la editorial La Uña Rota ha publicado Reikiavik, una de sus últimas piezas. Si bien esbozar los temas principales de la dramaturgia de Mayorga resulta una tarea tan vasta como imposible en las líneas de que dispone este escrito, Reikiavik presenta algunos motivos y formas recurrentes que permiten divisar rasgos certeros de su poética.

Mayorga busca en muchos de sus dramas desestabilizar desde el inicio los parámetros o convenciones del lector-espectador partiendo en la fábula de una situación extravagante, incómoda o inverosímil; Reikiavik no es la excepción. La única secuencia del drama nos muestra a un muchacho que, camino a un examen del colegio, es interceptado por dos hombres, Waterloo y Bailén, quienes se dedican a diario a representar, siempre con variantes y sucesivos intercambios de roles, las peripecias e intimidades del enfrentamiento ajedrecístico denominado “el match del siglo”, llevado a cabo en la capital islandesa entre julio y septiembre de 1972 por el norteamericano Bobby Fischer y el ruso Boris Spassky.

Esta situación inicial plantea el uso de la metateatralidad y su complemento del teatro dentro del teatro (forma recurrente en la dramaturgia del autor) como el recurso fundamental de la obra; se proponen una serie sucesiva y desordenada de representaciones o “actuaciones” dentro de la representación que dejan en claro el carácter de “juego” como la convención que domina toda la obra, y el muchacho acepta (y, con él, también el lector y los eventuales espectadores) la complicidad de “creer” la multiplicidad de máscaras que se superponen sobre la escena.

En esta pugna de espejos que se miran mutuamente, el ajedrez también se concibe como un paralelo del teatro a partir de la forma del agón, el concepto griego sobre la disputa o enfrentamiento que constituye la raíz común entre el juego o el deporte y el arte teatral, e incluso con la guerra. La estructura agonística, recurrente en la vasta obra del madrileño, homologa aquí la disputa dialogada del teatro con el enfrentamiento que se representa sobre el tablero que, a su vez, configura una metáfora en miniatura de los enfrentamientos bélicos; por esa razón Waterloo y Bailén (etiquetas que nos remiten a batallas napoleónicas) actúan el “match del siglo”, antes que moviendo las piezas de su tablero, con mímicas pugilísticas o con el enfrentamiento de diferentes versiones de la historia. Asimismo, la forma del agón exhibe, como en toda la dramaturgia de Mayorga, la metáfora de la lucha con un “otro” que define la otra cara de uno mismo; los dos personajes representan a los dos ajedrecistas, cuyas historias y acciones los construyen como “opuestos complementarios”, es decir, como las partes respectivamente necesarias para la rivalidad que fundamenta sus propias existencias.

El tema de la guerra como metáfora nos lleva al último de los tópicos fundamentales de la dramaturgia de Mayorga que aparecen en el drama; la representación teatral de un tema histórico particular se da, como en todos los casos, apuntando hacia una búsqueda universal. Así, el hecho histórico que los personajes interpretan en la metadiégesis, la partida entre el ruso y el estadounidense en plena Guerra fría que, en su tiempo, configuró para el imaginario popular una representación de dicha guerra en el tablero de ajedrez, plantea por sí misma la situación absurda que demuestra que la realidad puede superar a la ficción, a la vez que en el drama integra lo histórico con lo teatral mediante su posicionamiento como representación, como juego alegórico que lo transforma en lucha universal e intemporal.

Los recursos, estructuras y tópicos enumerados configuran el fin principal (por no decir único) de Reikiavik, finalidad que también puede extenderse a toda la dramaturgia de Mayorga, es decir, la búsqueda de una integración con el espectador que lo comprometa, que le genere una serie de preguntas o cuestionamientos sobre su propia existencia y su propia época, desnudando el verdadero carácter político del hecho teatral. De esta forma, el planteo de la metateatralidad lo lleva tanto a la integración propia del “juego” de la convención, explotada aquí al máximo, como también, en el mismo movimiento, al que, cual partida de ajedrez, lo enfrenta con su propio espejo y con su propia historia. Del mismo modo en que la historia decidió que la Guerra fría se disputara en un tablero de ajedrez, Mayorga extiende la homologación y la transforma en reflejo del teatro y de la vida, mediante un juego especular que mira al espectador, lo desafía y busca ponerlo en jaque.

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