N.º 5 Jugando al teatro. Teatro para niños y jóvenes

sumario

El universo infantil de Elena Fortún a escena

María Victoria Sotomayor Sáez
Universidad Autónoma de Madrid

Elena FORTÚN
Teatro para niños. Doce comedias
Sevilla, Espuela de Plata, 2013.(1ª ed. en 1942).
244 pp. 17,31 €. ISBN: 978-84-15177-72-2.

 

El volumen publicado por Espuela de Plata contiene doce piezas teatrales para niños de la escritora madrileña Encarnación Aragoneses, conocida por el seudónimo de Elena Fortún, y nos permite acceder a una de las facetas menos difundidas de su obra. Porque decir Elena Fortún es decir Celia, por las decenas de relatos que construyen la vida de este personaje y su mundo. Pero la escritora madrileña también frecuentó la prensa, la poesía y música popular, la actividad bibliotecaria, desde luego, la creación teatral.En 1931 aparece en la revista infantil Gente menuda su primera pieza, “El palacio de la felicidad”, bajo el encabezamiento de “Teatro representable”. A partir de ahí, en los años posteriores publica “Las narices del mago Pirulo”, “Moñitos”, “Miguelito, posadero”, “La bruja Piñonate”, “El milagro de San Nicolás”, “Circo a domicilio”, “El manto bisiesto”, “Caperucita encarnada” y “Luna, lunera”. De alguna de estas piezas hay constancia de su estreno, además de las posibles representaciones familiares hechas por los propios lectores infantiles de Gente menuda.En 1942 se recogen en un libro estas pequeñas obras y se añade alguna otra hasta reunir las doce que finalmente se publican. Entre ellas, “Una aventura de Celia” y “La hermosa hilandera y los siete pretendientes”, comedia en verso adaptada de un cuento de Matilde Ras, gran amiga de nuestra autora. Posteriormente, en 1948, aparece una segunda edición en Buenos Aires, donde la editorial Aguilar tenía una filial, aunque en este caso no son doce, sino once, las piezas publicadas: se omite “Una aventura de Celia”, quizá por ser la que había tenido más problemas con la censura en la primera edición.

Las doce obras en un acto comprendidas en el volumen que ahora sale a la luz remiten al universo infantil de imaginación y humor creado por la autora y al imaginario popular de los cuentos tradicionales. Son piezas sencillas que pueden ser representadas en casa, como señala la autora en el prólogo, o bien en las fiestas escolares, con títeres o incluso en teatros con actores. Nueve de ellas son en prosa y tres en verso, todas en un acto porque, dice la autora, “he creído que vuestra atención no podía fijarse más tiempo”. Sin embargo, se podría hablar de una cierta seriación en cuanto a la complejidad escénica de las piezas.

Las primeras son las más sencillas, con una escenografía elemental para ser representadas por los propios niños.

Las narices del mago Pirulo, comedia de muñecos en un acto, trae a escena algunos personajes creados por Elena Fortún en las páginas de Gente menuda y ya conocidos por los niños: el mago Pirulo, Roenueces y Bismuto. En pocas escenas desarrolla una situación fantástica que encontraremos similar, años más tarde, en un cuento del italiano Gianni Rodari: el mago Pirulo ha perdido su nariz. Al mismo tiempo, Roenuces está esperando unas bragas de seda, prenda de vestir que encargó hace tiempo. Una muñeca bailarina, un soldadito de madera (puro Andersen) y un criado vestido de marinero completan esta historia disparatada que utiliza el equívoco como principal resorte humorístico, además de salpicar los diálogos con abundantes juegos fónicos, canciones y dichos populares infantiles en un constante ir y venir entre lo real y lo fantástico. El juego de personajes sirve para construir una pieza sencilla pero llena de resonancias propias del universo infantil y que contiene ya los elementos que van a caracterizar el teatro para niños de esta autora.

El palacio de la felicidad es una comedia en un acto y dos cuadros en la que hadas y gnomos deben abandonar sus quehaceres mágicos en el mundo de los humanos y retirarse al palacio de la felicidad, un mundo aparte donde vivirán en igualdad de trato y categoría. Estos seres fantásticos, tan habituales en el imaginario infantil, se comportan como niños tanto en sus razonamientos y conductas como en sus juegos, amistades y lenguaje. Protagonizan dos momentos de una elemental historia dramática en la que se sugiere la continuidad del mundo imaginario de la tradición oral en la ficción contenida en los libros.

Moñitos, comedia en un acto para niños, contiene elementos de cuentos tradicionales como La ratita presumida, Ricitos de oro, Hansel y Gretel y Los músicos de Bremen. Todo ello recreado en una nueva historia que protagonizan cuatro animales (gallo, mona, gato y grillo) y una niña que en lugar de rizos de oro tiene moñitos en la cabeza, de donde toma su nombre. La casita del bosque es el centro de esta sencilla historia en la que conviven elementos de la vida cotidiana con lo fantástico de los cuentos originarios, aunque esta vida cotidiana, con usos y costumbres reconocibles por los espectadores, no implica un tratamiento realista. Los personajes se mueven entre lo fantástico de los cuentos y la deshumanización del títere o el objeto animado. En realidad, con sus personajes de cuentos, muñecos y objetos, esto es lo que hace Elena Fortún en casi todas las piezas contenidas en este volumen. 

En La bruja Piñonate se encuentran de nuevo los personajes de los Grimm Hansel y Gretel, la casita del bosque, la bruja que quiere engordar a la niña para comérsela… pero traídos al mundo actual, ya que la bruja se coloca de doncella en la casa del sabio Tontilindón porque no consigue atraer a ningún niño a su casita del bosque. Los tiempos cambian… y las brujas deben adaptarse a ellos. Pero siguen fracasando en su empeño malvado: eso no cambia.

 Miguelito, posadero es una comedia de Navidad que representa, desde la perspectiva de este niño, la noche en que María y José van a pedir posada y se les niega porque está todo lleno. La Nochebuena vista desde una óptica diferente y tejida con villancicos, canciones populares y toques de humor.

En cuanto a Circo a domicilio, comedia de payasos en un acto, cambia de registro y presenta una historia de corte realista humorístico, con una imitación de los payasos del circo por parte de unos niños ante su primo enfermo. Los diálogos disparatados propios de los payasos conviven con las intervenciones de los padres preocupados por su hijo y con las del médico que va a atenderle; todas estas caricaturizan personajes y situaciones reales.

Con El milagro de san Nicolás, “entremés guiñolesco en pareados”, se inicia un nuevo tipo de obras, las escritas en verso. La hermosa hilandera y los siete pretendientes y El manto bisiesto participan de este mismo carácter. En ellas se acentúa, si cabe, la presencia de lo popular tradicional en cuanto a esquemas compositivos, argumentos y personajes. La escritura en verso hace a estas obras algo más complejas que las anteriores y más próximas al mundo simbólico de la literatura oral que al realismo fantástico que representaban objetos y muñecos, lo que propicia el distanciamiento. En El milagro de san Nicolás contemplamos la curiosa historia de un carnicero arruinado que hace picadillo de tres niños que aparecen en su casa pidiendo hospitalidad en una noche de invierno. La mala conducta del carnicero es la causa de su fracaso y su ruina, hasta que llega san Nicolás y devuelve a su ser a los tres niños que parecen despertar de un plácido sueño. Esta truculenta historia, que recuerda a cuentos populares españoles como los clasificados por Aurelio M. Espinosa como “Cuentos ejemplares y religiosos” (subgrupos “Dios premia y castiga” y “No puede ocultarse la verdad”), se traslada al mundo desnaturalizado del guiñol y sus fantoches, lo que adelgaza el vínculo con lo real hasta hacerlo desparecer.

La hermosa hilandera y los siete pretendientes es una adaptación escénica versificada de un cuento de Matilde Ras, también de raíces populares, donde la hermosa niña se ve solicitada en casamiento por sucesivos pretendientes que le ofrecen lo que tienen según su oficio y condición. Tras rechazar a los seis primeros, que le ofrecen una vida de lujo, placer y caprichos, termina aceptando al estudiante, que no tienen más que su amor para convencerla. A semejanza de la obra anterior, está compuesta como una sucesión de pareados en versos dodecasílabos y en ella subyacen, una vez más, las raíces de la tradición oral tan conocida por la autora.

Por su parte, El manto bisiesto, comedia en un acto y dos cuadros, recrea el esquema tradicional de superación de pruebas y premio a lo más sencillo y humano ofrecido con amor frente a la riqueza y el lujo extremo. La prueba en este caso es la elaboración de un manto para la reina que sea distinto a los 365 que tiene, y el premio será la mano del príncipe. Como es de esperar, será la hija de unos humildes pescadores la merecedora de este premio, por encima de las más exóticas y ricas princesas, puesto que ha tejido el manto con sus propios cabellos rubios sacrificados para tal fin.

Los cuentos populares son, pues, la argamasa con la que se construye la mayoría de estas piezas. También ocurre con Caperucita encarnada, comedia en un acto y cuatro cuadros que se presenta como una “adaptación escénica del cuento” y desarrolla la conocida historia de Caperucita incorporando un final sorprendente. Es de notar que la propia Elena Fortún es autora de otra versión de este cuento en verso.

Carácter algo distinto tienen Una aventura de Celia y la pieza que cierra el volumen, Luna lunera. Aunque muy distintas entre sí, coinciden en ser las de mayor complejidad escénica del volumen.

Una aventura de Celia es  una obra realista desarrollada en un acto y cuatro cuadros con el realismo fantástico propio de Elena Fortún. Está protagonizada por personajes bien conocidos por los espectadores puesto que se trata de una adaptación a la escena de los cuatro últimos capítulos del libro Celia en el colegio. El fuerte componente dialogal de las historias de Celia facilita la conversión de la mayor parte del relato en primera persona hecho por la propia Celia en diálogo directo. Otra parte de este relato se transforma en acotaciones escénicas, especialmente al inicio de la pieza. Este importante cambio de género implica dar voz a los animales (cigüeña, lechuza…) y presentar la incursión de Celia en el mundo mágico de los cuentos como algo que realmente ha ocurrido, mientras que este mismo episodio contado por Celia se puede entender como producto de su desbordada imaginación. Una vez más, la pieza está salpicada de canciones populares, juegos infantiles, dichos y retahílas que recrean con total veracidad el mundo infantil más auténtico que la autora observaba a su alrededor.

Por último, Luna lunera es también una comedia en un acto y cuatro cuadros pero en este caso escrita para muñecos de guiñol. Desarrolla, con el ritmo vertiginoso propio de estos muñecos, una historia de reyes, brujas y cigüeñas presidida por la luna y plagada de canciones, juegos, burlas y dichos infantiles. Todo ello con unos planteamientos escénicos realmente eficaces que Salvador Bartolozzi supo llevar al escenario con su habitual maestría, lo que le valió el elogio unánime de la crítica tras su estreno el 16 de febrero de 1930 en el teatro de La Comedia de Madrid.

En suma, Elena Fortún reúne en su Teatro para niños una serie de piezas perfectamente insertas en el imaginario infantil que, en parte, ella misma ha contribuido a crear. La materia dramática procede de cuentos populares y relatos de su época, que toman forma teatral en distintas modalidades mediante sencillos pero efectivos recursos que la autora sabe manejar con habilidad.

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