N.º 2 Puesta al día. Obras clásicas y recuperadas

sumario

Una cuna, una tumba

Rosa Burillo
(Universidad Complutense de Madrid)

María ZAMBRANO,
La tumba de Antígona
y otros textos sobre el personaje trágico.
Madrid, Cátedra, 2012. Col. Letras Hispánicas. Edición de Virginia Trueba Mira.
304 pp., 10,38 €. ISBN: 978-84-376-3038-0.

Se publica con el sello Cátedra una nueva edición de La Tumba de Antígona que, además de reproducir la versión íntegra de Siglo XXI, de 1967, incorpora otros textos de la autora, dos de ellos inéditos, igualmente enriquecedores de la figura trágica con la que María Zambrano se identifica y nos identifica. Dedicada a Araceli, su única hermana, la tragedia es de las dos. Apartadas de su casa, María a consecuencia de la Guerra Civil española, Araceli además padeció la brutalidad del régimen totalitario que dio lugar a la Segunda Guerra Mundial. La condición de Antígona es también la de toda persona nacida en el seno de la injusticia, y esa faceta es la que da al texto su dimensión universalizadora, pero será la toma de conciencia del personaje que camina hacia la luz la que haga posible la reescritura del texto de Sófocles que Zambrano recrea con voz propia.

Exhaustivamente documentada y con un discurso muy coherente, Virginia Trueba, responsable de la edición,  contextualiza la obra dentro del turbio marco histórico de la Europa contemporánea y defiende ante todo la Razón poética de Zambrano como la única alternativa posible ante la uniformidad a que obliga el lenguaje. En palabras de Ciorán: “…un estilo de conversación nada entorpecido por la tara de la objetividad. Nos conduce hacia nosotros mismos, hacia nuestras preocupaciones mal definidas”. Y es que el argumento filosófico de María rezuma poesía prestando su voz a la heterogeneidad de tantas vidas silenciadas. Dice Trueba: “…esa palabra duerme latente en las profundidades del lenguaje, como los siete sabios en la cueva de Éfeso, o la verdadera historia humana sepultada en las ruinas de la historia apócrifa”.

La Antígona de Zambrano soporta su destino, consciente de que su integridad le impide vivir en un mundo injusto, y así la describe la autora: “…la vida que corre sin dificultad para todas las muchachas y que para mí estaba más allá, al otro lado del torrente”. La condición de mujer que busca, por encima de todo, saber, la incapacita para el matrimonio, para la vida. Antígona araña la tierra en busca de su secreto, de sus raíces, en lugar de quedarse ensimismada, como las otras jóvenes, en la contemplación de las flores. Tocada por los dioses, su misión será avanzar en el terreno del conocimiento. Dice Zambrano: “…la palabra más que los hechos marca la altura de la heroína”. Es precisamente en esa actitud de muerte vivificadora en la que Virginia Trueba se centra, subrayando la importancia de la versión de María, que entiende que la pasividad del personaje nunca la llevaría al suicidio. Muy al contrario, su aislamiento del mundo la hace partícipe de una experiencia reveladora.

La ensoñación suple así a la vida, y el diálogo con los muertos –sus hermanos Etéocles y Polinices–, su actitud ante Creón –del que se aparta deslizándose porque no es posible el encuentro entre dos seres tan opuestos–, el recuerdo del padre ciego, Edipo –que no estaba preparado para la vida–, la convierten en un ser singularmente dotado de fuerza interior. El diálogo con Etéocles  deja en evidencia la inseguridad del tirano que, en la línea de Hobbes, portador de la corriente ilustrada menos afortunada, afianza su posición por miedo a la barbarie, obsesionado por mantener el orden en su reino a cualquier precio, en una valoración del mundo de vencedores y vencidos, dominantes y dominados. Etéocles reclama de Antígona esa dureza que le proporcionaría el lugar de reina en el mundo de los vivos. En contraposición, Polinices representa el sueño que la invita al país de nunca jamás, a la utopía imposible donde triunfan el diálogo y el respeto.

Ana, la nodriza, anuncia la misión de Antígona, su destino excelso, y es precisamente en su discurso donde se percibe la aportación más personal a la obra. Dice Trueba de María “…que devino tanto una ‘tumba’ como una ‘cuna’ en la especial dimensión política y metafísica…”, y lo mismo puede decirse del personaje. La reescritura del clásico que Zambrano convierte en singular reinterpretación de la tragedia cristiana es lo que hace posible que, a la luz del dolor, Antígona acabe por moverse libre, extensiva, conduciéndose con igual soltura en el mundo de los vivos y entre los muertos. El hecho de que la protagonista sea mujer añade un sobredimensionado que es a la vez deseo y testimonio. En palabras de Trueba: “…la necesidad de feminizar, simbólicamente, el mundo, haciendo de lo femenino un valor de alcance universal”.

“Que me sienta llegar con la violeta inmortal, en cada mes de abril, cuando las dos nacimos”, dice el texto. Antígona e Ismene, Araceli y María reclaman su derecho a existir. Más que de cualquier sugerencia ideológica, cabría hablar de deseo de reconocimiento de la condición de mujer, del alcance de su capacidad cognoscitiva y sensorial. Zambrano deja con su esfuerzo un ejemplo de integridad. A pesar de la tumba, el universo de Antígona se llena de agua y de luz, en una sacralización del mundo natural por parte de los sentidos, exceso que Zambrano comparte con los místicos. Como sugiere la edición, la obra es un aprendizaje para cualquier mujer, una invitación a no vivir de rodillas. Es precisamente la conciencia de saberse diferente lo que hace sufrir a Antígona y, a la vez, ese dejarse llevar por el pensamiento, lo que la devuelve a la vida.

El texto incluye a pie de página las variantes que aparecen en otros manuscritos porque considera tan importante el proyecto final como el propio proceso de pensamiento. Contado de otro modo, las distintas posibilidades humanizan la autoría, la reafirman y engarzan. María Zambrano tenía especial interés en la puesta en escena, en que su Antígona fuera escuchada, en poner voces a su musicalidad. Como apunta Trueba en la introducción, hay un evidente dominio de la voz autorial en ciertos tramos del texto, revisable para su eficaz representación. El libro de Cátedra ofrece el recuento de todas las escenificaciones conocidas. Entre ellas destaca el fragmento que Alfredo Castellón realizó para Televisión Española, aún en vida de la autora, y para el que contó con su colaboración. Interpretaba el papel de Antígona Marisa Paredes. De la adaptación teatral que se estrenó en el teatro de Mérida el 16 de agosto de 1992 me llaman la atención dos cosas, la de la tela que marca el fondo del escenario asociado con la Harpía y la aparición de la nodriza tarareando una nana a bocca chiusa. Por desgracia, esta versión María ya no pudo verla.

El libro de Virginia Trueba ofrece pues, una aproximación compleja y variada. Se adentra en el pensamiento de Zambrano para hacernos llegar las múltiples facetas que la  obra sugiere: la idea de ver el texto como una tragedia cristiana en contraposición a la obra de Sófocles, el logro de María de haber hallado una forma poética para expresarlo cercana y a la vez, profunda. Deja en evidencia igualmente el proceso de pensamiento que lo alumbra con versiones de los manuscritos originales y alguna reproducción del facsímil con la grafía de la autora. Analiza el drama focalizando el punto de vista en la voz principal que domina la estructura teatral, con las ensoñaciones de Antígona, verdadero motor de su transformación.

No hay aspecto que quede desatendido o inabarcable, e incide en el poder renovador del conocimiento enriquecido a base de metáforas y símbolos. Su discurso acerca al lector al contenido de la obra aludiendo por igual a su condición dramática, biográfica, estructural y formal, donde la belleza y singularidad del lenguaje de Zambrano irradia, dando muestras de su sensibilidad más profunda, e ilumina el entorno problemático de la historia reciente de Europa.

La aportación personal de Trueba consiste en ese deseo de que la condición de mujer de María, de Antígona, ocupe el lugar que merece dentro del marco político que la había silenciado. Es entonces la suya una llamada a asumir “la herida”, la tumba, con la que seres especiales como Antígona, como María, vienen a la vida, por sentirse diferentes a la impenetrabilidad de la sociedad, para hacer de ello no una tara, sino una oportunidad. La posibilidad de reafirmarse en el marco de la acción, que les está vetada porque el mundo corre ajeno a su sensibilidad, se realiza mediante una revisión del pensamiento donde el recuerdo del dolor, Edipo, Etéocles, Creón, permita la liberación interior, condición necesaria del existir. Que el deseo de Virginia Trueba, que es también el deseo de María, se haga realidad con la lectura sosegada de la obra “en defensa de la memoria”, de su memoria, porque como ambas sostienen nadie puede hacer morir más a los muertos.

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