N.º 2 De aquí y de ahora. Teatro Español contemporáneo

sumario

Teatro mínimo, representación de lo máximo

Silvia Gutiérrez Martín
(IES Profesor Julio Pérez de Rivas Vaciamadrid)

Álvaro CABRERA, Alberto DE CASSO, Javier BERGER y Juan Pablo HERAS
Certamen de Teatro Mínimo ANIMAT.SUR
Leganés, AnimaT.sur Ediciones, 2012.

 De todos es sabido que el teatro representa el sublime arte de la comunicación humana y que, por tanto, conforma, en su dimensión social e individual, a la persona, cuya etimología luce precisamente una máscara teatral. Este enaltecimiento humano solamente puede explicarse por el origen divino de la dramática, una sagrada ascendencia injustamente enmascarada. La cita bíblica “Et verbum caro factum est” (‘la palabra se hizo carne’), no siempre bien interpretada, sacraliza al teatro en su doble vertiente como texto literario y como representación. La palabra, pilar del diálogo y por ende, de este género, se hace drama (actúa) y habita et habitabit –non habitavit– in nobis (y habitará –no habitó– entre nosotros).
Desde que se montó el escenario del mundo, el teatro ha dialogado formalmente con el hombre de manera trágica, cómica o haciendo un drama. Pero también ha departido con él en una amena charla más corta. Esta diferente manera de platicar generó una distinción entre un teatro mayor y un mal llamado teatro menor (que no por ser más pequeño se deja de ser grande). Y eso que, tal y como afirma el maestro Huerta Calvo, la tragedia, la comedia y el drama se han inspirado a menudo en el teatro breve, por cuanto, de entre otras cosas, “la radical teatralidad de su lenguaje hace de él un canto a la libertad y a la imaginación”. En nuestro país, además, el cortoteatro ha permanecido más tiempo en cartel que los subgéneros mayores, representando, por así decirlo, el mismo personaje, pero con distintos nombres: autos, pasos, entremeses, sainetes…
Y ahora se llama teatro mínimo, toda vez que su papel ha adquirido más entidad para lograr la representación de lo máximo en un solo acto. La nueva denominación alude al concurso anual que la directora teatral Concha Gómez ideó entre las bambalinas de la Compañía Teatro Estable de Leganés, con el fin de promocionar no solo la labor actoral de su grupo, sino también la publicación de jóvenes dramaturgos. Y así el Certamen de Teatro Mínimo AnimaT.sur ha celebrado ya su décima edición, convertido en un clásico, incluso entre autores habitualmente representados. Un gran éxito de sus promotores, quienes deseaban convertir su sueño en vida, para que la vida acabara siendo sueño. Sin embargo, la ilusión también hace mutis por el foro recortado su parlamento ad nauseam por esta sucia crisis del gran teatro del mundo. Esperemos que el certamen no deje de celebrar la gran fiesta del teatro breve y que la última publicación de obras ganadoras no represente la escena final de este torneo dramático (y dramático se torne… ¡Oh!).
La propia asociación cultural de Leganés, AnimaT.sur (que posibilitó el comienzo de la función y ahora hace caer el telón), edita, con la modestia de sus escasos medios, las cuatro últimas piezas premiadas de su concurso. Autores de la talla de Álvaro Cabrera, Alberto de Casso, Javier Berger y Juan Pablo Heras han obtenido, respectiva y cronológicamente, el galardón de esas ediciones, con sendas buenas obras breves (dos veces buenas cada una, pues), que salen ahora ¡a escena!

Cuidado con el Browni, de Álvaro Cabrera (2009), recrea la mejor comedia del arte sin dejar nada all’improviso. Es una obra tan deliciosa como el pastel al que parece aludir el anglicismo apocopado del título. Sin embargo, brownie se refiere aquí al duende protector del hogar de la mitología escocesa (personaje que bien podría haber adoptado la auténtica comedia italiana), que decide alojarse en la vivienda de Pantanleón, amo de Colombina y Pierrot. La astuta sirvienta sabe que el geniecillo va a realizar todas las tareas del hogar, reservadas para ella y para Pierrot, y así promoverá la continuidad del duende en la casa, hasta que se percata de que su propio trabajo y el de su compañero podrían peligrar ante la labor impagable, por gratuita también, de dicho duende.
El gran logro de la pieza reside en su paratextualidad: las abundantes notas a pie de página quedan inteligentemente convertidas en parte del texto teatral, que bien supo leer Concha Gómez al traducirlas a pie de escena en el parlamento de un quinto personaje, nuevo en el montaje de la obra. No tiene desperdicio tampoco el monólogo dedicado a la fraseología del ajo, de un delirante y quejumbroso brownie con dolor de muelas.

Con La resurrección del padre, y la del Hijo y la del Espíritu Santo, amén, Alberto de Casso (2010) no nos deja ir en paz. Su obra nos re/con-mueve por la crispada conversación entre dos hermanos, que proyectan uno en el otro, con resentida incomprensión, su presente y su pasado llenos de frustraciones y traumas: la falta de trabajo, sus fracasos sexuales y/o sentimentales, y el prematuro fallecimiento de un padre, a quien Alexis, el más amargamente frágil y, por ello, más provocador, negativo y desagradable en sus reproches, cree ver reencarnado en un palomo posado en el jardín. Lucas, el otro hermano, parece más impasible (salvo por una molesta tortícolis) y aguanta, con algún que otro certero contragolpe, el fraternal envite, incluso el que Alexis le apunte con una escopeta, que, como todas las armas de fuego, la carga el diablo… Y todo ello, mientras esperan la gloriosa venida de sus señoras madre y hermanas para una comida en familia.
Con una pieza tan sugerente, es imposible resistir la tentación de que la interpretemos como parábola del padre pródigo, variante paterna de la fábula filial de la Biblia, aun a costa de una Santísima Trinidad interrupta como paloma coja. La bronca conducta de Alexis se debe a que no ha superado la muerte de su progenitor, al que reclama bajo la forma de un ave, para poder exteriorizar su angustioso “¡padre!, ¿por qué me has abandonado?”. La cuestión postrera es que el atormentado protagonista no se resigna a encomendar su redención psicológica a una definitiva aceptación del hecho. Y es que (¡dichoso complejo heredado!) Alexis entona el sua culpa…. En fin, al menos, no cometemos el pecado de buscar en esta obra una visión filosóficamente existencialista del ser humano, en la que el hombre está condenado a ser libre sin Dios…

La Versión femenina, de Javier Berger (2011), no tiene nombre de mujer, sino de superheroínas de cómic, creadas por mor del género motivado a partir de sus famosos contrapuntos masculinos: una curiosamente intelectual Hulka, que recita a Lorca (cómo no) mientras pinta sus enormes piernas con Green Tea-tanlux (término no textual), y Spiderwoman, que valientemente teje su tela de araña en la resolución de arriesgadas misiones para salvar al mundo Marvel. A ambas les une una relación sentimental dentro de una chocante cotidianidad de superpoderes y superaventuras, mucho más cercana, sin embargo, a nosotros, humildes mortales, por mostrar idénticas alegrías y miserias a las nuestras (mimos y comprensión, pero también celos, divergencia y desencuentro).
Si arriba despunta la paratextualidad, aquí se destaca el canto a lo intertextual con que la obra, como todo arte, se nutre. Los chispeantes diálogos se enorgullecen de su ingeniosa alusión, no solo al cómic, sino al cine, a las series de TV o a la publicidad, por no hablar de los parlamentos prácticamente fusilados del final de Casa de Muñecas [sic]. Claro que el Rey del Pollo Frito podría frustrar tal enriquecimiento. ¡Y una versión femenina de lo que es monarca ese infrahéroe…!

Él y Ella se encuentran en la oficina de Objetos perdidos, de Juan Pablo Heras (2012). No habría por qué decir más como sinopsis de la obrita, si no fuera por la artística paradoja que encierra esta pieza sencilla, pero complejamente tramada en su semántica textual y representativa. Él espera encontrar sus cosas (en el bus tal vez olvidadas…) en la oficina donde Ella pierde su vida reconstruyendo existencias ajenas a través de los objetos que debe catalogar. Curiosamente, los elementos extraviados de Él sirven para que la persona no se pierda o acabe encontrándose: un mapa o un ovillo, que, cual hilo de Ariadna, halla esta vez la entrada, pero no la salida del laberinto amoroso en el que Él busca conscientemente quedar atrapado. Nos encontramos ante una maravillosa alegoría escénica del amor, en la que el tiempo parece detenerse (Él nunca sale del escenario, aunque sabemos del paso de los días por la mención de la protagonista femenina) y el espacio existe solamente para los dos, rodeados de los objetos que los han unido. Por otra parte, Ella no lleva la iniciativa, pero le toma la palabra cuando Él la pierde ante ella (aquí sin mayúscula, claro). ¿Acaso no se expresa la intensidad del amor cuando más perdidamente enamorado se está?
Así pues, la obra podría haberse llamado Sujetos perdidos, también por traer renovada la alegría saliniana de vivir en los pronombres, que expresan la esencia del dramatis personae, así como de la comunicación pura: solo Él y Ella (pronombres personales sujeto, ¡no, objeto!) pueden ser protagonistas del mensaje que refiere el autor al lector-espectador, y actuar simultáneamente como Tú y Yo, únicas personas que entablan el mágico diálogo en la escena de la vida. ¡Prodigio teatral!
Llegó el final. Pero antes de que se haga oscuro, solo cabe expresar el deseo de que el Certamen de Teatro Mínimo AnimaT.sur no cumpla su destino doblemente trágico. Solamente así el teatro mínimo seguirá siendo representación de lo máximo.

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