N.º 10 De aquí y de ahora. Teatro Español contemporáneo

sumario

Teatre ReunitEl teatro más reciente
de Lluïsa Cunillé

Ana Prieto Nadal
SELITEN@T

Lluïsa CUNILLÉ,
Teatre reunit (2007-2017).
Prólogo de Laurent Gallardo,
Tarragona, Arola Editors, 2017. 404 pp.
ISBN: 978-84-947255-8-6.

Lluïsa Cunillé es un fenómeno excepcional en el actual panorama teatral. Su escritura muestra un potencial inagotable que se reinventa constantemente, sin repetirse y al mismo tiempo sin traicionar jamás su particular mirada sobre el mundo. Fue en los años noventa cuando la autora empezó a dar a conocer su obra, y también cuando se fraguó a nivel teórico el célebre término de “poética de la sustracción” que, acuñado por José Sanchis Sinisterra para referirse al estilo de esta autora, parecía indesligable de la etiqueta de opacidad, también asignada a su teatro. Laurent Gallardo prefiere hablar de obertura a la significación más que de opacidad, y de ambigüedad más que de inconcreción, y considera que la obra de Cunillé responde a una exigencia de libertad inédita y revela un horizonte sorprendentemente distinto y extrañamente virgen. Como apunta Xavier Albertí, se trata de un teatro que le da al espectador la oportunidad de implicarse con la regeneración de su sociedad, y por ello resulta extremadamente político.

Teatre Reunit

Jordi Oriol y Paula Blanco en una escena de Islàndia. En: Cervera, M. (5 de octubre de 2017). Cunillé retrata los efectos de la crisis financiera. El Periódico. 1 2

Las obras incluidas en el volumen Teatre reunit (2007-2017) cubren el período de producción teatral de Lluïsa Cunillé desde 2007 hasta 2017, en el orden cronológico en que fueron escritas. La primera de ellas, Assajant Pitarra (2007), compone un abigarrado mosaico sobre la clase política y su retórica: cinco portavoces de las diferentes opciones representadas en el Parlamento catalán se encierran en el castillo de Montjuïc para ensayar Gatades de Frederic Soler, alias Serafí Pitarra, en vistas a la celebración de la próxima Diada Nacional. Su intención paródica está en absoluta sintonía con el espíritu de las gatadas de Pitarra, la gran figura del teatro popular catalán de la segunda mitad del siglo XIX, pero la dramaturgia de Cunillé no está solo compuesta por los fragmentos de obras de Pitarra y la trama de los políticos encerrados en el castillo sino también por frases de personalidades históricas sacadas de contexto y servidas con gracia y sentido de la oportunidad, bajo forma de psicofonías, en momentos clave de la interacción entre los personajes.

Saló Primavera (2007), coescrita con Paco Zarzoso, tiene como verdadero protagonista un espacio que empezó siendo salón de baile y luego se metamorfoseó, entre otras cosas, en cine, burdel, cabaret, sede del Partido Anarquista, hospital de guerra, cárcel franquista, manicomio, Casa de Aragón, etc. Los cinco personajes mantienen su identidad básica pero se ven traspasados, estremecidos y zarandeados por expresiones y vivencias pretéritas y ajenas, en un centrifugado de tiempo que confunde y cruza distintos hechos históricos, movimientos políticos y usos sociales. Los diálogos son deliberadamente fragmentarios y rebosan un humor absurdo al estilo de Ionesco, así como ocurrencias brillantes a la manera de greguerías ramonianas y crípticos acertijos impregnados de lirismo. No falta la crítica política, en especial de la corrupción, la mediocridad y la mentira, y hay asimismo un homenaje al melodrama popular de Hollywood en los años cincuenta, con múltiples referencias a la película Johnny Guitar. Por el rescate nostálgico que hace de un mundo prácticamente extinto —el de los salones de baile nacidos a inicios de siglo XX, que luego ofrecerían varietés, cine y bailes con orquesta—, podría emparentarse esta pieza con otras de aire cabaretero y voluntad de revisión histórica creadas por Cunillé y Albertí.

Teatre Reunit

El carrer Franklin, de Lluïsa Cunillé. Dirección Josep Maria Miró. Teatre Nacional de Catalunya, 2015. 3

 

El bordell (2008) acusa la herencia de Valle-Inclán y parte de una realidad degradada que traduce teatralmente en farsa y parodia. La máscara, la fantochada, la distorsión grotesca procede de la tradición del esperpento como eficaz instrumento de intervención en lo real. Como dice Gallardo, Cunillé rehabilita y actualiza el género tragicómico al servicio del teatro político. La acción transcurre en un burdel de frontera, en el vigesimoquinto aniversario del 23-F y de la variopinta sociedad formada por los dueños del prostíbulo. El uso de citas y guiños literarios —de Valle-Inclán pero también de Shakespeare— no es un mero divertimento metateatral sino un procedimiento para dotar de mayor envergadura a los personajes, adensarlos y sobredimensionarlos, haciéndolos vibrar en el trasiego de la tradición. Si Valle-Inclán mostraba las miserias de la España borbónica, Cunillé retrata de modo incisivo y ácido ese período de la historia reciente llamado Transición.

Islàndia (2009), pieza que aborda la crisis económica de 2008 desde una perspectiva moral, transcurre en muchos espacios distintos —primero en Reikiavik y después en Nueva York: Harlem, Bronx, Wall Street— y muestra el itinerario vital de un hombre islandés que, desdoblado en su yo adolescente, atraviesa una serie de estaciones, a modo de viacrucis. En su viaje iniciático —un drama de estaciones mental u onírico— el personaje acaba encontrando la fuente del mal o del capital, e interactúa con gente que lleva ya tiempo lidiando con la incertidumbre de los mercados. En un registro completamente distinto, El temps (2010) sucede en un espacio reducido e impersonal, un despacho situado en un lugar de paso entre las oficinas y la fábrica de una pequeña empresa familiar, y, más allá de los dos personajes que interaccionan, tiene como protagonista absoluto el tiempo que pasa y que, restituido y falseado por las palabras, se concreta en encuentros y desencuentros, enfermedades y muertes, ciclos vitales que modifican a los personajes y los devuelven distintos en cada reencuentro.

A Dictadura (2010), breve sainete costumbrista ambientado en el salón de un piso del Eixample barcelonés donde interaccionan personajes de lo más variopinto y se evocan hitos del franquismo desarrollista —corre el año 1962— como la supuesta apertura de España, el turismo de la Costa Brava o la presencia en Barcelona de la Sexta Flota, le siguen dos piezas breves presentadas en festivales europeos. La primera, presentada en la Schaubühne de Berlín, es Confessions (2011), una pieza tan escueta como contundente que denuncia la utilización de momentos íntimos de gente anónima como material para ser exhibido, juzgado, escarnecido y, en suma, consumido y fagocitado por la despiadada maquinaria mediática de nuestra sociedad del espectáculo. La segunda, presentada en el Festival Quartieri dell’Arte de Viterbo, es La vergonya (2011), que, inspirada en un epigrama de Miguel Ángel Buonarroti a partir de su escultura Notte, muestra un matrimonio de ancianos que ha llegado a un punto de desencuentro vital irreversible: mientras el hombre trata de hacer llevadera su cotidianidad, la mujer permanece atada a una forma de conciencia política y de remordimiento —por todo lo que pudo hacer y no hizo— que la avergüenza y le impide reconciliarse con su pasado, su amnésico entorno y su propia pasividad.

Uritorco (2012), coescrita con Paco Zarzoso, responde a una exploración de la fragilidad y el dolor a partir de tres generaciones de una familia en un paisaje inmutable. Al contrari! (2013) aborda la precarización del mundo cultural y muestra qué repercusiones ha tenido la crisis económica en el mundo del teatro. Geografia (2014), que constituye un retrato de la corrupción política y funciona como una parábola del fin del pujolismo, sitúa a un matrimonio anónimo en una carretera desierta con dos maletas llenas de billetes; tan absurdos como Sísifo, los dos personajes asumirán su destino: él persistirá en la evasión de impuestos y ella renunciará definitivamente a enseñar a sus alumnos en un país que desprecia la memoria. El carrer Franklin (2015) pone en primer término la problemática de los desahucios y el paro endémico, y denuncia en clave farsesca a qué punto de precariedad han conducido las políticas neoliberales de las últimas décadas; al fin y al cabo, serán las ferruginosas cenizas de Margaret Thatcher —esto es, las consecuencias de las políticas de privatización y desregulación del capital— lo que acabará matando a los personajes.

L’ase i la pedra (2015) establece unas relaciones espurias y poco esperanzadoras entre varios personajes sin un futuro claro; como en otras piezas de la autora, se desarrolla una temática de la simulación, a través de la mentira o del disfraz, que está relacionada con el modo que tienen los personajes de representarse a sí mismos y de hacer teatrillos improvisados y juegos de suplantación. Aquí no se trata tanto de pulsión lúdica como de estrategias y subterfugios para escapar de la incertidumbre y la desesperanza. Sud (2016) aborda la emigración forzosa de los jóvenes a partir del personaje de un chico que ha vivido ya en muchos países desempeñando trabajos mal pagados, mientras su padre se ve obligado, para subsistir, a alquilar dos habitaciones de su piso e incluso a cultivar un solar vacío. L’abandó (2017) empieza con el diálogo —no es exactamente un interrogatorio— entre una inspectora de policía y una actriz a propósito de la desaparición, hace más de cinco años, de un dramaturgo. La cita de Pirandello que antecede la obra aporta las coordenadas metateatrales y permite anticipar hasta qué punto los seis personajes que aparecen andan a la busca de un autor.

Del genio e ingenio de Lluïsa Cunillé —sola o en colaboración con otros creadores—, de su imperativo de reinventar el teatro y reinventarse cada vez, nacen obras muy distintas e innovadoras, cada una de las cuales, por la multivocidad de sentidos que propone, supone un estimulante desafío al espectador. Hay aspectos de su dramaturgia que se han visto reforzados durante esta última década, como la multiplicación de las estrategias espaciotemporales, la ampliación del campo del personaje y su exploración a través de la palabra, la voluntad de dialogar con la tradición y la mostración, aun de modo indirecto o alusivo, de las lógicas que orquestan las transformaciones del presente social e histórico. Como dice Xavier Albertí, su teatro es a menudo apocalíptico, no en un sentido críptico sino cauterizador, porque abundan los pasajes de fin de época y unas determinadas concepciones éticas, políticas o económicas.

Con estas quince obras imprescindibles, las más recientes de su producción, Lluïsa Cunillé llega a una formulación certera de la contemporaneidad. En todas ellas proporciona herramientas de autoconocimiento al espectador, al ciudadano de hoy; piensa —e invita a pensar— de manera compleja los fenómenos de nuestro mundo y retrata la intimidad de nuestras sociedades; muestra con rigor y honestidad —oblicua pero nítidamente— la verdad interna de los hombres y mujeres a través de sus modos relacionales, y, en definitiva, practica un teatro que constituye una forma de resistencia artística y un posicionamiento ético.

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  1. Recuperado de https://www.elperiodico.com↵ Ver foto
  2. [Fotografía: May Zircus]↵ Ver foto
  3. Fuente: https://www.tnc.cat/ca/el-carrer-franklin↵ Ver foto

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