N.º 1 De aquí y de ahora. Teatro Español contemporáneo

sumario

El deseo de ser infiernoCosmogonía del
adolescente enclaustrado

Gustavo Montes
Dramaturgo y profesor del CES Felipe II
(Universidad Complutense)

Zo BRINVIYER,
El deseo de ser infierno. Madrid,
Centro de Documentación Teatral, 2011. 112 pp. 5,77 €.
ISBN: 978-84-87075-64-3.
(Premio Calderón de la Barca 2010).

Conozco El deseo de ser infierno desde antes de su publicación. Me enfrenté al texto como jurado de un premio teatral al que fue presentado y que no ganó. En la deliberación definitiva de nada sirvieron, primero, mi defensa racional de este texto duro, áspero, de gran evocación poética, que ejercía sobre mí un siniestro atractivo, y, después, mi insistencia vehemente, casi desesperada. Obtuvo el premio otro texto, también de gran calidad, al que apoyaron la mayoría de mis compañeros del jurado. Pero la historia de Jean, trasunto de un Jean Genet adolescente y criminal, encerrado en la colonia penal para menores delincuentes de Mettray hacia 1900 (utilizando un anacronismo operativo), que busca en el mito de Billy el Niño su referente identitario, me había trasladado a su mundo, me había instalado en él de modo permanente.

Es esa infrecuente capacidad de inmersión —ese aura de la que habla Walter Benjamin en un conocido artículo— la que hace que un texto sea único, irrepetible, definitivo. Por eso me alegré tanto cuando, unos meses después, El deseo de ser infierno fue declarado obra ganadora en otro premio teatral, el Calderón de la Barca.

Hoy, releyendo la obra en formato libro en la magnífica edición que ha realizado el Centro de Documentación Teatral, vuelvo a sumergirme en ella como si fuera la primera vez. La acción está focalizada a través de la mirada de ese muchacho cruel, desolado y tierno a la vez. Vemos la historia viéndolo a él, a través de él, a través de su interacción con el resto de personajes,  adolescentes como él, crueles y desolados como él (el idiota Pascal, condenado por violación, el novato Samuel y el pequeño Mathieu, ladrón de solo 9 años), y el vigilante de la Sección B, Le Chien, perro guardián y único personaje adulto del reformatorio. La acción siempre es mostrada de modo conflictivo. Incluso los sueños de Jean, sus deseos, su búsqueda de referentes se muestran en acción. Y ahí aparecen Calamity Jean y el circo de Buffalo Bill en una visita improbable a la ciudad, pero sobre todo el fantasma de Billy El Niño, el asesino adolescente. Estamos en el mundo de Jean, un mundo posible solo desde la perspectiva de Jean, el niño criminal, inadaptado, problemático y transgresor, un mundo conformado por la dura e hiriente realidad del reformatorio y los anhelos de autoafirmación, de búsqueda de referentes en el mito (un mito no idealizado, sino duro como la vida de Jean). En El deseo de ser infierno el mito consigue la aspiración de todo mito: pasar a formar parte de la realidad. Y, a la vez, esta —inserta en el propio texto dramático— alcanza ese grado de inteligibilidad del mito, porque «Mito e Historia se necesitan en virtud de lo que respectivamente adolecen: aquel, de la mayoría de edad de su hija adusta; esta, de la fascinación que provoca un padre temerario», como recuerda Ricardo Menéndez Salmón en una novela reciente.

Si algo positivo se puede decir de un texto es que crea su propio universo. Esto es, una cosmogonía que impone sus propias reglas de funcionamiento, su propio código interpretativo. El deseo de ser infierno se aparta del naturalismo más ramplón para mostrarnos la convivencia, posible en el escenario, de sueño y realidad, del circo de Buffalo Bill (el deseo de libertad, de transgresión del protagonista) y la colonia penitenciaria de Metray (la represión, la castración y el enclaustramiento). La estructura fragmentaria (son 15 escenas) insiste en la construcción de este mundo: la siembra de conectores dramáticos (las pestañas de mariposa a las que hace referencia Calamity Jean al principio, recogidas en un diálogo central con Jean, y manchadas de semen al final; la alusión a la muerte de algunos chicos del reformatorio y la muerte final del novato; la pepita de oro que trae Jean de su supuesta visita al circo y que posteriormente desencadena la tragedia…), la composición de los diálogos (duros, ásperos, a veces cortantes, de una hiriente crudeza, a veces metafóricos, siempre conflictivos, siempre individualizadores), los monólogos interiores (tan antinaturalistas, tan verdaderos al tiempo), el fantasma de Billy el Niño, casi siempre presente (trasunto de coro, que canta y comenta), crean una descarnada atmósfera de ensoñación de gran valor poético.

Hay, además, un aspecto metateatral destacable en El deseo de ser infierno. Destacable no por lo metatreal, sino porque es toda una declaración de la dramaticidad del texto. Tras un monólogo de Jean, auténtico centro productor de sentido, que ejerce de prólogo, el texto se inicia con la recreación del montaje de la estructura del circo de Buffalo Bill recién llegado a la ciudad (espectáculo dentro del espectáculo), señalando su naturaleza dramática (el texto dice: «vamos a mostrar, no a narrar»). Del mismo modo, el desmontaje del circo, señala la clausura del texto. Para entonces, el lector, como yo mismo, ya se ha instalado en él para siempre y tiene el urgente deseo de dejar la lectura y  convertirse en espectador para compartir el mito, para vivir la historia. El deseo de ser infierno reclama una pronta puesta en escena a la altura de su calidad, como sugiere Laila Ripoll en el prólogo que acompaña a la edición de la obra (donde desgrana importante información sobre su gestación en un laboratorio etc. de la Sala Cuarta Pared), este libro que acabo de cerrar. Más allá de los premios teatrales, El deseo de ser infierno también es el deseo de hacerse representación, de transgredir el papel, de saltar al escenario, de hacerse teatro, de hacerse vida, construyéndola.

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