extra-n-1  Mujeres que cuentan [ESPECIAL AUTORAS] Coordinado por Yolanda Dorado

 

TERCERA [A ESCENA, QUE EMPEZAMOS]

De ley

Ernesto Caballero

Durante más de dos mil años el teatro, como aquel añejo brandy, fue cosa de hombres. Sólo de hombres… Sin embargo, algunos de los principales personajes de las tragedias áticas eran femeninos. ¿Qué hacer? Recurrir para su desempeño a varones en un curioso party drag que más tarde, ya en el medievo, reeditaría la Iglesia con sus dramas religiosos. Así de fácil y natural. (Aquí, sin ir más lejos, tenemos la pervivencia del deslumbrante Misteri d´Elx, donde cada verano la Virgen María es interpretada por un muchachito de la localidad.) Y qué no decir del excelso teatro isabelino, ya en los albores de la edad moderna, con sus virilizadas Ofelias, Ladys Macbeth, Rosalindas, Olivias… Con todo, y pues que vivimos tiempos de bizarros negacionismos, al día de hoy aún se dejan oír voces aleccionadoras que con pintoresca asertividad sostienen que en el arte de Talía la igualdad entre los sexos siempre ha campado a sus anchas. Hombre, tanto como siempre…

En nuestros lares fue a finales del siglo XVI cuando a la mujer le fue permitido subirse al escenario. Los requisitos eran numerosos, siendo el más determinante que acreditara su matrimonio con algún miembro de la compañía, con alguien, en fin, que pudiera responsabilizarse. Sea como fuere, el gran teatro del Siglo de Oro contó entre sus más vanguardistas novedades con que el hecho de que damas, graciosas, ninfas, alcahuetas, etc. fueron representadas por actrices. ¡Lo que debió ser aquello para los estupefactos espectadores de su tiempo! Y sin embargo, contraviniendo algún que otro augurio apocalíptico lanzado desde el púlpito, muy pronto fue aceptada con naturalidad esta innovación que traía consigo el desarrollo de un teatro profano no confesional. Las mujeres habían entrado, finalmente, en la profesión, y algunas de ellas en muy poco tiempo llegarían a convertirse en autoras, esto es, en jefas de compañía.

A lo largo del siglo XVIII proliferan estas primeras actrices-empresarias como Sabina Pascual, Agueda de la Calle, María Ladvenant o María Hidalgo… Sin embargo, esta tardía pero fructífera incorporación a puestos de responsabilidad en la gestión de la actividad teatral se ve truncada, precisamente a finales del Siglo de las Luces, cuando la mujer es reglamentariamente arrinconada al papel de “ángel del hogar”, y en el mundo de la escena, exclusivamente al de comedianta. La profesora Evangelina Rodríguez Cuadros refiere a propósito de la Revolución Francesa cómo “los propios actores solicitan y obtienen de la Asamblea Nacional que las actrices pierdan el derecho al voto en el seno de las reuniones y decisiones de la Comedia Francesa.”

A partir de este momento durante todo el siglo XIX y hasta casi nuestros días, la mujer se reencuentra con aquella secular supeditación reflejada con nitidez en la configuración de los dramatis personae de la mayoría de obras de repertorio que, salvo excepciones, se caracteriza por la escasez de personajes femeninos con respecto a los masculinos. Esta circunstancia deja sentir sus efectos en la actualidad al favorecer laboralmente a los actores en relación a las actrices. Y es que, como decimos, estos repartos no hacen más que reflejar una estructura social donde la mujer, salvo excepciones (que precisamente por serlo se hacen susceptibles de tratarse en un relato teatral) está excluida de la esfera pública.

(Este aspecto, por cierto, suscita un interesante desafío para la puesta en escena contemporánea: si la interpretación inevitablemente es un ejercicio de crítica y actualización, si los personajes o figuras son antes que nada roles cuya condición sexual en absoluto define su papel en la trama, ¿no va siendo hora de que algunos de estos sean asumidos con normalidad por féminas sin que ello suponga incurrir en disparatadas ocurrencias como se ha tratado de ridiculizar desde posiciones entrañablemente conservadoras? ¿Acaso no vivimos en una sociedad en que, a diferencia de las del pasado, médicos, jueces, militares, docentes, etc. son indistintamente hombres y mujeres?).

Y qué decir del resto de oficios del arte de Talía… Autoras, directoras, técnicas, gestoras… No quiero extenderme en una lista interminable de agravios y desequilibrios (basta un esfuerzo mínimo de verificación) que evidencian la forma en que hoy en día se aplica –también, sí, también en el mundo de la escena– una más que aceptada discriminación positiva hacia el varón de la que somos responsables todos y todas mientras seamos incapaces de desembarazarnos de determinadas inercias, de renunciar a lugares comunes como ese que reza “ni hombre ni mujer, lo importante es que sea excelente.” Porque la realidad es que al día de hoy el creador varón tiene más margen para el fracaso, incluso para la mediocridad, que si es hembra, ya que a la mujer se le exige permanentemente el éxito y la brillantez o de lo contrario, deberá sufrir el consabido reproche de tan arraigada solera patriarcal: “claro, está ahí sólo porque es mujer, por la dichosa cuota o por vaya uno a saber qué inconfesable motivo…”.

Vamos, que las ascuas del prejuicio y la discriminación siguen vivas en la farándula hispana aunque algunos colegas pregonen el relato platónico de la consustancial paridad.

Lo cierto es que, a excepción de arrojadas figuras como Margarita Xirgú, las mujeres han sufrido el daño colateral de una estructura reformulada en la Ilustración que tiende a minusvalorar –cuando no a negar abiertamente– su capacidad como agentes activos del hecho artístico. Moratín en su pieza-manifiesto La comedia nueva lo expresa sin ambages al final de la obra en el momento en que don Pedro (trasunto del autor) tras desengañar a Don Eleuterio de sus veleidades literarias le dice a Doña Agustina, mujer de éste último, que le ayudaba a componer versos: “Esta señora deberá contribuir, por su parte, a hacer feliz el nuevo destino que a usted le propongo. Si cuida de su casa, si cría bien a sus hijos, si desempeña como debe los oficios de esposa y madre, conocerá que sabe cuanto hay que saber, y cuanto conviene a una mujer de su estado y sus obligaciones”.

Aquellos polvos (aventados también por los vientos de la oscura misoginia católica) explican el lodo que recubre nuestro imaginario colectivo; y aunque, obviamente, ya no estamos en aquellos tiempos y hayan cambiado algo las cosas, parafraseando el tango, dos siglos apenas son nada para darle la vuelta al calcetín de las creencias y las conductas sociales. No resulta tan sencillo superar de forma generalizada el vértigo orteguiano de estar a la altura de los tiempos.

La idea romántica reeditada por colectivos sesentayochistas según la cual el mundo del teatro ha sido desde siempre un oasis de igualitarismo, algo así como una edénica comuna donde actores y actrices se dan indistintamente al arte y al amor libre en una suerte de orgía permanente de transgresión social, es sólo un cuento de hadas sesentero cargado de ensoñación y melancolía contado siempre por machos. Desgraciadamente la verdad desagradable asoma, como evidencia una aplastante mayoría de mujeres que reclama el acceso a un campo de juego no siempre abierto a la realidad. Todavía, por tanto, queda mucho por hacer en un país como el nuestro de tan testosterónica raigambre cultural. De momento, tratar de cumplir la ley no me parece mala idea. Aunque no sé, tal vez sea algo cándido.

 

Ernesto Caballero

Ernesto Caballero 1

ERNESTO CABALLERO

Es uno de los hombres más versátiles de la escena teatral española. Pertenece a esa generación de creadores que conoce el mundo teatral en todos sus aspectos: como autor, como director, como maestro de actores…

Director del Centro Dramático Nacional desde el 2012, ha destacado por igual en sus facetas de autor teatral, director de escena y director de compañía. Profesor titular de Interpretación en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, ha sido director asociado del Teatro de La Abadía.
 

 

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