N.º 51El teatro en la Transición Política Española

 

El teatro también se lee

Tres visiones

Luis Arturo Guichard[1]
Universidad de Salamanca

Hay una especie de edad de oro lectora, paradisiaca y prehistórica, en la que uno lee todo lo que le cae en las manos. Suele ser en la adolescencia, pero en verdad puede ocurrir en cualquier momento. Es la época en que no se distingue entre géneros; es más, los géneros ni siquiera existen para uno. Como en el mito, ahí el tigre borgiano de la poesía y el behemot de la novela naturalista conviven como si tal cosa y uno puede leer al mismo tiempo a Pérez Galdós y a Baudelaire sin cortocircuitarse. Es lo que tiene la ignorancia o, para ser más justos, la carencia de prejuicios.

En esa época, que en mi caso sí que coincidió con la última niñez y la primera juventud, yo leí mucho teatro sin ser siquiera del todo consciente de que era teatro. Esto a veces se debía a las traducciones: Shakespeare traducido (malísimamente) en prosa no se distingue mucho de una novela con diálogos y con imágenes poéticas. Y si no se está adiestrado en la asistencia a los teatros, menos aún. ¿Saben ustedes cuál es la posibilidad de ver Shakespeare en un teatro en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, hacia 1988? Ninguna, absolutamente ninguna. ¿Y en la televisión? Pocas. ¿Es posible que hoy en día alguien no sea consciente, a una cierta altura de su carrera lectora, de que Hamlet está en verso y está hecha para representarse? Acabo de hacer la prueba: he puesto “Hamlet Shakespeare” en el buscador de Google. Lo primero que me ha salido es un video en blanco y negro de Youtube, cuya ficha dice: “Autor: William Shakespeare. Director: Claudio Guerín. Adaptación de Antonio Gala y Claudio Guerín para TVE emitida en el espacio Estudio 1 el 23 de octubre de 1970”. Pues bien, hasta hace apenas una década no había Youtube y hace apenas dos no había Internet: el teatro, o era representación o era libro y no había más.

Este mundo del no haber más tenía la ventaja de que te dejaba a merced del libro. La contraportada te decía que era teatro, muy bien, pues tanto montaba, montaba tanto, porque solo tenías el papel. O lo tomabas o lo dejabas. Y por supuesto, lo tomabas.

Aristófanes. Las once comedias. Colección “Sepan Cuántos…”. Editorial Porrúa. México, 1976.

Aristófanes. Las once comedias. Colección “Sepan Cuántos…”. Editorial Porrúa. México, 1976.

De esta época de consumo desaforado de literatura recuerdo tres obras que me sorprendieron y que siguen en el fondo de mi inconsciente como hormas contra las cuales colocar todo el teatro que leo o veo representado. Y según lo que sea, funcionan como camas de Procusto o como generosas aprobaciones. La primera de ellas es Las ranas de Aristófanes. Llegué ahí en un volumen de la colección “Sepan cuantos…” de la editorial Porrúa. Porrúa es una casa fundada en México por tres emigrantes asturianos en 1910. Hacia mediados de siglo, decidieron producir una colección de literatura universal de grandes tirajes y muy bajo precio. El primer libro que publicaron fue la Ilíada, con un prólogo de Alfonso Reyes, en 1959. En esa misma colección se publicaron las comedias de Aristófanes, en 1966, en una traducción de otro sabio mexicano casi olvidado, Ángel María Garibay.

Como buen seminarista, la traducción de Garibay dejaba a Aristófanes en los huesos cuando se trataba de lo procaz y lo sexual, pero en el resto era una buena traducción. Pues bien, el muchacho de aquel entonces se partía de risa con los distintos caminos para llegar al Hades y con la competición poética en la que los versos se pesan como si fueran queso. Recuerdo esas lecturas porque tenían un componente visual muy escaso: se supone que al leer teatro uno se imagina el espacio de la representación y lo “ve”. Esto, en la época paradisiaca, no es del todo cierto: uno lee y ya. ¿Por qué me sorprendía tanto la peripecia de un dios travestido y un coro de ranas atosigante? Porque no se parecía a ninguna otra cosa. En esa época no lo sabía, pero el teatro no se puede transferir a ningún otro género: solo funciona dentro de sí mismo. Y esa historia rarísima me gustaba porque era mucho más impredecible que la enorme cantidad de poesía, novelas y obras de adoctrinamiento político-social que consumía.          Tenía “otra cosa”. Recuerdo que el volumen de Porrúa (papel revolución de mala calidad) estaba oscuro en corte justo en la parte de Las ranas, de tanta lectura.

Años después he visto la obra representada de muchas formas y en varias lenguas, y la traduzco en mis clases de métrica griega, pero la impresión de mi lectura en la traducción en prosa mexicanizada de Garibay, en cuyos archivos en la Biblioteca Nacional de México me he sumergido para ver qué libros usaba, sigue ocupando unos bytes aparte en mi memoria estética, sigue siendo “otra cosa”.

Federico García Lorca. Obras completas. Editorial Aguilar, 1964.

Federico García Lorca. Obras completas. Editorial Aguilar, 1964.

La segunda obra es Bodas de sangre. Aquí habría que decir “obviamente”. En la edad dorada lectora te lees al autor entero, no lo seccionas en géneros. Al acabar la poesía de Lorca seguías con el teatro, la prosa y hasta las entrevistas y el dossier fotográfico: lo querías todo. Si Lorca hubiera escrito un manual de relojería o un recetario de cocina, te lo habrías leído al mismo nivel que todo lo demás. Por mi época dorada lectora ocurrió algo muy importante para los lectores mexicanos y sus bolsillos: los inalcanzables volúmenes en magnífica piel de Aguilar se democratizaron, bajaron a la calle y sustituyeron su ropaje de lujo por el muy proletario cartoné. Y los hermosísimos volúmenes (tres) de las obras completas celosamente guardados bajo llave en las librerías de postín tuvieron un montón de hermanos bastardos en los quioscos. Y en el segundo de ellos, oh sorpresa, estaba todo el teatro. Aquí no era una cuestión de traducción buena o mala, sino de identidad de lenguaje. Bodas de sangre, a los ojos de un joven alevín de poeta, es un texto tan sorprendente como Poeta en Nueva York, porque, de nuevo, no se parece a nada. Te quedabas con los ojos igualmente cuadrados ante ambos y te preguntabas cómo podía alguien escribir así en 1931, cómo una crónica de nota roja podía acabar en una obra como esa. Hoy es bien sabido que Lorca estaba haciendo volar por los aires las costuras de los géneros en esa obra, pero al lector sin información (y sin prejuicios) de ese momento, decíamos antes, lo último que le importaban eran definiciones genéricas. Simplemente, al igual que en el Aristófanes prosificado, lo que veía era algo que no podía existir plenamente en ningún otro género “puro”.

Asesinato en la catedral, de Thomas Stearns Eliot. Editorial Encuentro, 2011.

Asesinato en la catedral, de Thomas Stearns Eliot. Editorial Encuentro, 2011.

La tercera obra es Asesinato en la catedral. La motivación en este caso era en su origen similar a la de Lorca: había que buscar más porque la poesía de Eliot era maravillosa pero escasa. La Tierra baldía no llega a los 500 versos y la traducción de la poesía completa de José María Valverde que uno se leía en esa época no alcanzaba las 250 páginas.

La sorpresa en Asesinato era el contenido casi ensayístico, el carácter casi panfletario de la obra, algo que en los poemas y en los ensayos de fuste el muy serio señor Eliot no se permitía de ninguna manera. Pero todo eso está envuelto en una enorme visión que le hubiera encantado a Blake. Es una obra en los límites del teatro, si no es que más allá de ellos: se podría hacer una serie de televisión hoy con ella o un videojuego para adultos, en los que los cuatro tentadores serían personajes verdaderamente sobrecogedores. Recuerdo que la traducción era de Miguel Ángel Flores, estaba publicada en la Universidad Metropolitana y me costó 30 pesos (1.50 euros al cambio de hoy); esto lo acabo de ver ahora porque, cómo no, sigo teniendo el libro conmigo.

Si pienso en estos libros de mi más remota iniciación lectora, me imagino algo que no es propiamente un espacio de representación, sino otra cosa. Para mí, estos libros están más cerca de la visión que del escenario; quizá eso se debe al carácter sinestésico de la experiencia estética a la que están ligados para mí. Una experiencia incompleta si se piensa que le falta la representación, por supuesto, pero que por virtud de la compensación tenía un espacio diferente que me sigue sorprendiendo.

 

Ver sumario

Notas

  1. Originario de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (México), reside en España desde 1997. Ha publicado poesía, ensayo y traducción. Su libro más reciente es El jardín de la Señora D. (Madrid, Hiperión, 2017), con el que obtuvo el Premio Vila de Martorell de Poesía y el Premio Hispanoamericano de Poesía Carlos Pellicer. Es profesor de Filología Griega en la Universidad de Salamanca, donde coordina el Máster de Creación Literaria.↵ Volver al texto

www.aat.es