N.º 50El humor en el Teatro Español Contemporáneo

 

TERCERA [A ESCENA, QUE EMPEZAMOS]

La Tercera

Miguel Signes 

En Las Puertas del Drama, desde casi el principio de nuestra andadura editorial y bajo la dirección entonces de Jesús Campos, ya quisimos dedicar un número de la revista al teatro de humor sin más o como hoy hacemos, “al humor en el teatro español contemporáneo”. Y hemos ido posponiendo enfrentarnos a dicha empresa todos estos últimos años, en los que hemos visto desaparecer totalmente de las carteleras obras que en un tiempo atrás fueron programación normal de los teatros. Hablamos de las comedias de Jardiel Poncela, Miguel Mihura, López Rubio, Edgar Neville, Ruiz Iriarte, Alfonso Paso… Es una realidad que estos tiempos nada tienen que ver con aquellos en los que la falta de libertad marcaba nuestras conductas, pero es también evidente que no hemos vuelto a tener una floración de la comedia como en aquel periodo, por más que contemos con algunos excelentes autores de comedias. No nos incumbe en esta presentación establecer una relación entre ambos hechos: falta de libertad y profusión de comedias, cosa que encontrarán perfectamente explicado en alguno de los artículos que publicamos en este número de la revista, que por primera vez abre una sección nueva dedicada al teatro para la infancia y la juventud.

Estamos hablando de comedias para hablar del humor en el teatro, cuando hoy esto no es ya lo normal, pues comedia puede referirse a cualquier “poema dramático de cualquier género que sea” (DRAE). En cambio, en los orígenes del teatro bastaba  decir “comedia”, y no hay más que pensar en Aristófanes o en Plauto, para saber a qué atenerse. En el transcurso de la historia del teatro, especialmente del teatro español, hubo momentos en los que la comedia tenía tal diversidad de especies (de capa y espada, de enredo, de teatro, de figurón, de carácter, de magia, de costumbres…) que a los espectadores les resultaba fácil saber lo que iban a ver sobre el escenario, al tiempo que esa diversidad hablaba por sí sola de la abundancia de comedias y de los autores de las mismas. Pero no es nuestro objetivo en estas líneas de “La Tercera” hacer un ensayo sobre la historia de la comedia, sino la de despertar el interés de nuestros lectores por los trabajos que a continuación publicamos sobre el teatro de humor que injustamente ha venido a ser visto por muchos como aquel (en este momento no hablamos de lo que para abreviar consideramos para-teatro) que solamente divierte y hace reír, olvidando que al hacerlo “corrige las costumbres al pintar los errores, vicios o extravagancias de los hombres” (también la RAE) y hace pensar. Quisiéramos que este número de Las Puertas del Drama ayudara a evitar confusiones y ayudara también a no ver la comedia como un género menor, que no lo es, y estimulara a nuestros autores de teatro a cultivarla con más frecuencia.

Gustave Flaubert pone en boca de su personaje Bouvard que “el teatro es un objeto de consumo como otro cualquiera”. Una mercancía más. Se va al espectáculo a divertirse. Lo que es bueno es lo que divierte. “Pero imbécil”, le replica Pécuchet, “lo que te divierte a ti no me divierte a mí y acabará cansándote a ti y a los demás”. Los dos personajes de la novela póstuma de Flaubert, seguían elucubrando sobre “¿si las obras de teatro se escriben para ser representadas, por qué las mejores se siguen leyendo?”. Bouvard y Pécuchet llegaban a la conclusión de que la decadencia de la escena francesa estaba en el desprecio de la literatura. Ahora mismo, en España y cuando el teatro está lejos de ser una mercancía más, ¿es posible que la proporción de las comedias de humor –stricto sensu– sobre el total de las obras que se estrenan, sea tan bajo también hoy por el desprecio de la literatura?

 

 

 

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