N.º 50El humor en el Teatro Español Contemporáneo

 

El teatro de humor en lo que va de siglo

Pilar Zapata Bosch

El humor está unido al teatro desde sus comienzos, cuando en las procesiones celebradas en honor a Dionisos un coro de sátiros ridiculizaba con sus bufonadas hechos y personajes de la época, representando escenas disparatadas e imposibles, con continuas alusiones sexuales y un lenguaje más que descarado. Estas características, aunque moderadas en su alegría y desenfreno por la mojigatería de nuestro tiempo, están presentes en el teatro de humor actual. También ha llegado a nuestros días, prácticamente sin variaciones, la comedia antigua en sus dos vertientes: la ironía punzante de Aristófanes, que cuestionaba lo establecido –sus burlas sobre Sócrates, la huelga sexual de las mujeres…–, y la comedia acomodaticia y de evasión de Menandro, cuyo único objetivo era hacer pasar un buen rato al público.

En este artículo voy a ceñirme al teatro español de humor estrenado en este siglo, basado en un texto –aunque se improvise libremente sobre él–, y representado por actores de carne y hueso.

Pero ¿qué es el teatro de humor? Desde luego, no sólo la comedia, porque a veces el mejor humor se encuentra fuera de ella. Según Gutiérrez Carbajo[1], se trata de una inversión irónica de lo establecido, muy eficaz para deconstruir la realidad e instaurar una nueva realidad en el escenario. Para Romera Castillo es una modalidad discursiva deformadora, transgresora y aparentemente incongruente, que tiene como objeto provocar la risa. Moreno Arenas, que en sus pulgas dramáticas prescinde a menudo del discurso y produce un efecto cómico por medio de la situación en escena, define su “teatro indigesto” como un puntapié al espectador cómodo (al “okupa” teatral) para hacerle reaccionar. Por su parte, Paloma Pedrero señala que es imprescindible la empatía del autor con su público, que le responde con la risa, tan gratificante para un dramaturgo. López Mozo distingue dos tipos de humor: el que sólo busca hacer reír y el que plantea cuestiones que nos conmueven o nos llevan a la reflexión…

Dejando aparte los propósitos éticos o de cualquier otra índole, ya por sí solo el humor es catártico y saludable. Y también subjetivo: según la formación o los intereses de cada cual, lo que a unos les hace estallar en carcajadas a otros les deja cómicamente impertérritos y viceversa. Por eso no hay teatro de humor “bueno” o “malo”: depende de las preferencias del espectador: es “bueno” el que consigue provocar su hilaridad, puesto que ha logrado su fin.

El drama del siglo XXI está marcado por dos factores determinantes: el poder económico, que decide las obras a montar, como ha ocurrido siempre, y los espectáculos rivales –cine y televisión–, exclusivos de los últimos tiempos, que en un principio se temió que acabaran con él. Fue un temor infundado, porque el teatro ha sobrevivido e incluso se ha enriquecido con aportaciones de ambos. Pero estas aportaciones no han sido siempre positivas, como ocurre con la influencia que ejerce la televisión sobre el teatro de humor.

En general los productores quieren ir sobre seguro y lo más seguro es llevar al escenario espectáculos con argumentos, actores y formatos que ya han triunfado en la pequeña pantalla, y, por lo tanto, resultan repetitivos y poco innovadores. Si se trata de monólogos, que es lo más frecuente, más que teatro, suelen ser recitales de chistes o gracietas sobre temas manidos: el sexo, el matrimonio, la familia… Como señala Juan A. Ríos[2], el mercado cultural no acepta ni la crítica ni la improvisación.

Cuando la comedia se convierte en un “producto” a vender, igual que una lavadora, en su afán de llegar a mucha gente, suele ser bastante mediocre, como si se diera por supuesto que gran parte de los espectadores prefiere espectáculos de dudosa calidad, opción por la que nunca se decantarían en el caso de la lavadora.

Sea como fuere, abundan las obras confeccionadas a la medida de un público que, puesto que ha pagado la entrada, está dispuesto a reírse a mandíbula batiente, y reacciona con generosa –y a mi modo de ver, paciente y sacrificada– entrega a un humor facilón y trillado, aunque aparentemente atrevido y transgresor. Por fortuna, hay muchos títulos que nos advierten de lo que trata la comedia; incluso a veces son los propios actores los que avisan de que van a representar dos horas de “chorradas”. Pero también pueden pillar desprevenido a un espectador menos entusiasta o más crítico, que entra por error en la sala y acaba desquiciado al oír tantas carcajadas alrededor sin comprender a santo de qué vienen ni por qué esa función lleva tantos años en cartel.

Aunque este supuesto espectador no puede reprocharles nada a los autores, que consiguen de sobra su propósito de hacer reír, ni tampoco a los empresarios teatrales, porque vivimos en una sociedad capitalista y el hecho de apostar por el teatro, en vez de por cualquier otra empresa, ya de por sí supone un riesgo. Desde luego hay productores que se atreven con un humor de más profundidad en salas comerciales, pero con frecuencia éste, que trata temas más molestos –política, paro, emigración, o el propio yo–, suele refugiarse en las salas alternativas, si es que no se lanza a la calle, como es el caso del grupo vasco Trapu Zaharra o la compañía madrileña “No somos delito”, contra la Ley Mordaza. En el fondo, el poder económico ejerce una especie de censura: se supone que en la actual época monárquica no hay temas prohibidos, pero, como observa Jesús Campos en la revista Las Puertas del Drama[3]: “Las prohibiciones en democracia son más sutiles y no se materializan en expedientes, sino que se manifiestan mediante la asfixia económica o el destierro de los teatros oficiales”.

Sefini!! TRAPU ZAHARRA, Festival de Teatro de Vitoria (junio 2018).

Sefini!! TRAPU ZAHARRA, Festival de Teatro de Vitoria (junio 2018).

 

Quizá la censura más dañina para el teatro de humor es la impuesta por la opinión pública: la de lo políticamente correcto, que nos encierra en unos límites cada vez más estrechos y agobiantes. Como se queja el humorista Toni Moog[4]: “Estamos retrocediendo en el tiempo, cada vez tenemos la piel más fina y se impone la autocensura. No te puedes meter con los veganos porque te machacan, si haces una broma sobre las mujeres eres un machista, con los inmigrantes eres un racista…” Según J. M. Asencio Mellado[5]: “ahora el humor es reprimido y constreñido por materias que no deben ser objeto de broma, de burla, de ironía, de risa o de sonrisa. Hoy hay dogmas sobre los que está prohibido opinar…”.

Pero también existe otra censura real, con tintes folclóricos, en la que el “público” –más bien el “no público”–, se convierte en protagonista y lo más divertido se origina a veces fuera del recinto teatral. Suele darse en las sátiras religiosas, como ocurrió con un cartel de Mongolia [el Musical 2.0] de 2016, que enfureció tanto a un grupo de católicos que se plantaron a la puerta del teatro para insultar y empujar a los espectadores que entraban. Luego acudieron al alcalde, que exigió la retirada del anuncio, y al obispo, que ofició una misa para desagraviar a la virgen. Hasta pusieron una denuncia contra los responsables del espectáculo, aunque se archivó porque de momento la ley todavía no prevé que una imagen se pueda sentir ofendida, que todo se andará. Los personajes implicados en la función “de fuera” parecen sacados de un retablillo del Siglo de Oro: el cura, el alcalde, los católicos enfebrecidos a la caza de brujas, el juez…

Volviendo al escenario: a pesar de las dificultades expuestas, en lo poco que llevamos de siglo, hay obras de humor de gran calidad. Pueden ser monólogos, a veces escritos o improvisados por el propio actor, comedias, u otro tipo de dramas que, sin pertenecer al género, rezuman humor. La estructura varía, desde las tramas mínimas de las pulgas dramáticas, que han supuesto una revolución en la forma de hacer teatro, hasta el derroche de personajes, colorido, música y escenificación de la revista.

Quizá lo que a mí más me divierte y me impresiona a la vez es el humor negro, por su contraste entre el tema de fondo y la comicidad de las formas. Alguna obra de este tipo clava sus uñas en la política y en una de sus armas más potentes: la inextricable burocracia, de la que todos recelamos que, aunque rutinaria e intransigente en sus formas, en el fondo es arbitraria y caprichosa. Valiéndose de ella y de la fría neutralidad del lenguaje administrativo, los políticos cometen las mayores atrocidades “sin despeinarse”, mientras sus funcionarios muchas veces se adaptan sin rechistar a las situaciones más kafkianas, intentando sacar un provecho personal. También se hace una crítica feroz del léxico que utilizan para “engañarnos”: por ejemplo, el Ministerio de Cultura pasa a ser “Ministerio de Tauromaquia, Gastronomía y Fiestas Populares”, que en gran parte obedece a la realidad, puesto que la tauromaquia y la gastronomía son cultura para nuestros gobernantes; los recortes se llaman “ajustes” y son tantos que hasta tienen una Vicepresidencia propia… Lo malo es que, cuando el público, con la última sonrisa todavía en los labios, sale a la realidad de la calle y la observa tras las lentes que nos ha prestado el autor –y uno tarda varios días en desprenderse de ellas–, le queda la sospecha de que nuestra sociedad se basa en unos principios tan absurdos y despiadados como la propia farsa que acaba de ver.

En otras comedias la burla y la ironía se centran en la naturaleza del ser humano, como una que satiriza lo más negro que nos puede ocurrir a cada uno: nuestra propia muerte. Al principio la hace aparecer como algo ajeno que solo les ocurre a los personajes que están sobre el escenario, pero acaba implicando a los espectadores, que en el fondo son –somos cada uno de nosotros–, “un personaje más, muerto…, a la espera de su destino final”[6]. La comicidad de esta obra estriba en el tratamiento de esta terrible verdad: la absurda situación planteada, los muertos que conservan las costumbres y manías que tenían en vida, y también en el lenguaje, de un humor surrealista. Además, pese a su cruel “broma” final –cruel porque no es una broma–, hay cierta ternura y cierta esperanza en el hecho de que los difuntos conserven su apariencia y carácter de vivos: es como un guiño a la inmortalidad, otra broma más.

Don Gil de las Calzas Verdes, de Tirso de Molina. Dramaturgia: Alberto Gálvez. Dirección: Hugo Nieto. Corral de Cervantes (Julio 2018).

Don Gil de las Calzas Verdes, de Tirso de Molina. Dramaturgia: Alberto Gálvez. Dirección: Hugo Nieto. Corral de Cervantes (Julio 2018). 1

 

También hay otras comedias, lejos del género negro, que ejercen una catarsis muy positiva sobre el público. Una de ellas hace una crítica mordaz de nuestro presente creando una desternillante versión de los fragmentos dramáticos más conocidos desde el Siglo de Oro hasta hoy. Bajo las formas métricas y musicales del siglo XVII, en un placentero paseo literario, que en el fondo es un homenaje al teatro, el espectador actual ve reflejada en los textos clásicos su problemática como individuo y como miembro de una colectividad. En este caso, la colectividad de nuestro país, que da la sensación de que permanece igual que entonces, que no ha mejorado con el transcurso de los siglos, ni mejorará nunca, al paso que vamos. Pese a ello, el espectador sale de la función alegre y con una inyección de optimismo, aceptando que tanto él como la sociedad están llenos de fallos, aunque bienvenidos sean éstos si sirven para darse el gusto de enfocarlos con ese arrollador y gozoso sentido del humor.

 

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Notas

  1. Definiciones entresacadas de El teatro de humor en los inicios del siglo XXI de José Romera Castillo (Editorial Visor, colección “Biblioteca Filológica Hispánica”, Madrid, 2015). ↵ Volver al texto
  2. En su artículo “El monólogo cómico en España: del plató al escenario”, publicado en El teatro de humor… (Cf.: Nota 1).↵ Volver al texto
  3. Las puertas del drama, nº 48. Revista de la Asociación de Autores de Teatro (2017).↵ Volver al texto
  4. El Periódico, 12 marzo de 2018.↵ Volver al texto
  5. Diario Información, 5 de agosto de 2014.↵ Volver al texto
  6. El teatro de humor… (Cf.: Nota 1).↵ Volver al texto
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  1. Foto: Fundación Siglo de Oro.↵ Ver foto

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