N.º 49Dramaturgia española en el escenario internacional

 

El teatro español en el Reino Unido

William Gregory

Algo pasa en las salas londinenses

Nada más volver a casa después de un “viaje de estudios” a Madrid, me encontré en el céntrico Soho Theatre para un festival de dramaturgia asiática-oriental. El día siguiente, asistí a The Barbershop Chronicles (‘Las crónicas de la barbería’), montaje del National Theatre ambientado paralelamente en Zimbabue, Ghana, Nigeria, Suráfrica, Uganda y Londres. La tercera cita de la semana me llevó a la compañía [Foreign Affairs] y su estreno mundial de The Unburied, Saint of Darkness (‘Los sin enterrar, la santa de la oscuridad’), obra del rumano Andras Visky, traducida del húngaro. Ya tengo reservada mi entrada para Poison (‘Veneno’), obra neerlandesa montada en el Orange Tree Theatre este mes; anoche tocó el ubicuo Brecht en el Southwark Playhouse. Y mientras tanto, el Royal Court Theatre, teatro legendario de la dramaturgia anglófona y sede de los estrenos de Pinter, Beckett, Churchill y Kane, entre decenas de otros, tiene en cartel Goats (‘Cabras’), de la siria Liwaa Yazji, y Bad Roads (‘Malos caminos’), de la ucraniana Natal’ya Vorozhbit, ambas pisándole a los talones del chileno Guillermo Calderón, cuyo estreno mundial de B abrió una temporada orgullosamente internacional en esta sala dirigida por la siempre innovadora Vicky Featherstone. El Gate Theatre, antiguamente conocido como “el teatro del traductor”, vuelve bajo la dirección de la recién instalada Ellen McDougall a sus raíces, optando en la temporada 2017/18 por textos lusos, galos y germanos. Y ni es necesario hablar del éxito en el West End (y en Broadway) del francés Florian Zeller. Por mucho que nuestros compatriotas hayan votado hace 18 meses al Brexit, en Londres apostamos cada vez más por lo extranjero, al menos en escena.

¿Qué pinta este bonito panorama en un artículo acerca de la dramaturgia española y su traducción en el Reino Unido? (Y, por cierto, ¿por qué no aparece ninguna obra española en la lista?) A eso voy.

Échenle la culpa al bendito Shakespeare, o a la –inferir adjetivo– Thatcher: los traductores de teatro en Gran Bretaña lo tenemos bastante difícil, restringidos por una doble presión. De un lado, la abundante tradición de dramaturgia en lengua inglesa. Nos enorgullecemos –y no sin razón– de la amplia y diversa gama de textos tanto clásicos y de toda la vida como de modernos y contemporáneos que procede de nuestras propias tierras y de las de nuestros primos en EE.UU., Irlanda y más allá. En nuestra cultura escénica, donde el texto domina y el autor se respeta por encima de todo (hablamos hasta de la importancia de “servirle fielmente al texto”), una proliferación de buenos textos ya escritos en inglés, en un país no conocido, que digamos, por la pericia de sus ciudadanos en lenguas extranjeras, permite a nuestras salas acceso directo a tanto material que apenas les ha parecido necesario buscar más allá de nuestras fronteras lingüísticas.

Del otro lado, la importancia del espectáculo como industria dentro de un contexto inseparable del mercado libre[1]: Londres es una ciudad donde el teatro disfruta de un enorme éxito. Sencillamente, se va al teatro. Hay un enorme ecosistema de salas y el público viene hasta de muy lejos –a veces pagando sumas desorbitadas– para ver estrenos donde las localidades se pueden agotar en pocos minutos (estimado lector, ni le cuento el vía crucis que pasé para conseguir una entrada para Angels in América hace unos meses). Es cosa de celebrar. Pero con este éxito, viene un cierto temor al riesgo, y sobre todo al riesgo de proponer algo que vaya demasiado lejos por el camino de lo desconocido (¿en qué momento se va “demasiado lejos”? Cuestión de gustos, claro). Por lo tanto, la dramaturgia internacional en las tablas británicas, con alguna notable excepción, se limitaba durante décadas a los mismos nombres que veíamos por todo Occidente: Ibsen, Chejov, Strindberg, Brecht, los griegos, y un Lorca o un Ionesco ocasionalmente.

Curiosamente, esa fidelidad a los autores mundialmente consagrados no ha favorecido al traductor ni a su papel en la labor teatral de estas islas. Debido a la presión del mercado y al respeto por nuestros dramaturgos nativos, a finales del siglo XX se hizo común la excéntrica costumbre de la “traducción literal”. Cualquier traductor que se precie confirmará que la traducción literal no existe, pero en el mundo del espectáculo anglófono se adoptó la práctica de contratar una “traducción literal” a un traductor, para luego pasar esta traducción a un dramaturgo monolingüe –y famoso– para, por así decirlo, teatralizarlo. El traductor se queda sin derechos de autor, sin reconocimiento apenas, y con un pago único y bajísimo; el dramaturgo se queda con el renombre y los beneficios; la sala disfruta de unas ventas más elevadas, y el público se va a casa sin darse cuenta de que la Bodas de sangre que acaba de ver puede tener o no tener poco de ver con la versión original. Ya en 2000, la traductora y catedrática Eva Espasa proponía una fuerte crítica de esta práctica en su Performability in Translation[2].

 

El departamento internacional del Royal Court y otras iniciativas

Juan Mayorga

Juan Mayorga

Cuando en 2003 me puse –como actor que, por casualidad, había cursado Filología española en la universidad– a traducir Primavera de Julio Escalada, lo hice feliz en la ignorancia de este panorama. Y pude quedarme en esa feliz ignorancia cuando conocí el departamento internacional del Royal Court. Liderado por la infatigable Elyse Dodgson, este equipo, instalado en el histórico edificio en Chelsea, se negaba –y se niega– a aceptar que el público británico no se interese por la dramaturgia de otros países, ni que esa dramaturgia tenga que ser filtrada por un nombre estrella para atraer a una audiencia. Con paciencia y con pasión, Dodgson ha circunnavegado el mundo durante décadas, organizando talleres de dramaturgia con escritores emergentes de tantos países que intentar hacer una lista de ellos sería fútil. Entre ellos, claro está, los países hispanos: España, Cuba, Chile, Argentina, México… Es gracias a Dodgson que Himmelweg de Juan Mayorga y Tierra de Tiza de Vanessa Montfort se llegaron a montar en el Court. Y es gracias también al largo trabajo que ha hecho su departamento, con el apoyo reforzado de Featherstone, que en 2017 el público londinense haya podido disfrutar en una sola temporada, en uno de los teatros más importantes del mundo anglohablante, de tres textos internacionales montados al más alto nivel. Y, lo cual es clave para la comunidad traductora, se trabaja directamente con el traductor, respetando que el mismo colabore en el proceso como artista escénico por derecho propio.

Vanessa Montfort

Vanessa Montfort

Durante largos años el Royal Court fue la excepción. Mientras Dodgson organizaba un taller de dramaturgia en Tiblisi o en La Habana, otras entidades inglesas buscaban la enésima versión de Casa de muñecas. Pero cuando en junio del año pasado una escasa mayoría de nuestros paisanos decidieron extraernos de la Unión Europea, la comunidad artística reaccionó. A pesar del Brexit (o quizás a causa de él, como acto de resistencia), otras salas, por fin, están empezando a unirse a estos esfuerzos para internacionalizar la oferta dramatúrgica de las tablas británicas y de entender e incluir mejor al traductor. Directores artísticos de nuestras grandes salas hablan de la importancia de escuchar historias y voces internacionales. Se organizan mesas redondas y proyectos dramatúrgicos dedicados al problema de cómo responder a una sociedad británica que parece buscar el autoaislamiento. Compañías como Stonecrabs, [Foreign Affairs] o Legal Aliens se dedican exclusivamente a la dramaturgia internacional. Para los que luchamos por una visión más global del teatro en Gran Bretaña, se ha abierto una ventana de oportunidad. El panorama descrito en el preámbulo a este artículo no habría sido el mismo hace tres años. Representa un cambio importante.

 

¿Dónde se encuentra el texto dramático español?

Yerma

Ahora bien: ¿dónde se encuentra el texto dramático español en este repentino florecimiento de espectáculos mundiales? ¿Qué hay que hacer para que España tenga su puesto en la mesa, y su puesta en escena?

Hay que aceptar, aunque a regañadientes, que en comparación con sus colegas franceses y alemanes, los dramaturgos españoles no han disfrutado de la misma visibilidad en Reino Unido. El Himmelweg de Mayorga fue hace doce años ya; la Tierra de Tiza de Montfort, en el 2013. Disfrutamos de una atrevida y apasionante adaptación de Yerma en el Young Vic Theatre en 2016, exitazo que ha vuelto a estar en cartel en 2017. Pero en las tablas inglesas carecemos de un Zeller o una Yasmina Reza, de un Roland Schimmelpfennig o un Marius von Mayenburg, a lo español.

 

La casa de Bernarda AlbaCabe reconocer el enorme esfuerzo de Jorge de Juan y Paula Paz con su London Spanish Theatre Company, productora fundada hace unos cuatro años y que en 2016 se instaló en una impresionante sala, el Cervantes Theatre, en Southwark, uno de los barrios más teatreros de nuestra capital. Con los múltiples montajes, lecturas y otros eventos que ha organizado este incansable equipo, se puede decir que la oferta de teatro español en Londres –tanto en castellano como traducido al inglés– se ha multiplicado a un ritmo vertiginoso. La programación del Cervantes incluye clásicos como su Bernarda Alba de este año, y propuestas noveles como su ciclo de New Spanish Playwriting, con textos de Guillém Clua, Carolina África, Paco Bezerra y Marta Buchaca. Hay que comentar también el London Spanish Theatre Festival, que invita cada año a una selección de compañías españolas a actuar en nuestra ciudad. Y finalmente, pero no menos importante, Out of the Wings, un colectivo de artistas e investigadores con su sede en King’s College London, que traduce y comparte obras de toda Iberoamérica con una reunión mensual y una semana de lecturas dramatizadas cada año. En cuanto a escritores españoles, Out of the Wings han (o más bien, hemos) presentado lecturas dramatizadas de El mal de la piedra, de Blanca Doménech (traducción que pocos meses después fue leída en el Access Theater de Nueva York) y Cuzco, de Víctor Sánchez Rodríguez, éxito de crítica en el Teatro Rialto de Valencia este otoño.

Toda esta actividad promete. O al menos, anima. Pero no se puede ni se debe dejar que la responsabilidad de la difusión de la dramaturgia española en Reino Unido recaiga en los hombros de un grupo de especialistas, ni que se limiten los proyectos a los espacios dedicados o de interés cultural específico. Sentadas ya las bases, hay que ir construyendo la casa y ambicionar la extensión de este rico surtido de talento español hacia los espacios que todavía no ha podido ocupar.

¿Cómo se hace? Predecible respuesta por parte de uno que no es del todo imparcial: apoyando al traductor y al montaje. Cosa que ya se está haciendo, y con buenos resultados.

La introducción en 2016 de las ayudas de la Fundación SGAE a la traducción de textos dramáticos ha sido una innovación clave. A diferencia de otros países, donde el paisaje editorial para el texto dramático depende de la actividad de los teatros, la red de concursos y premios que existe para los dramaturgos en España como puerta a la publicación es un fenómeno que simplemente no existe en nuestras tierras. Se valora el montaje por encima de todo. Hasta el momento, los sellos especializados en autores escénicos, como Nick Hern y Oberon, no han querido publicar sin poder garantizar ventas a base de una puesta en escena en una sala reconocida. Por lo tanto, las ayudas a la traducción destinadas a la publicación, aunque funcionan para la novela o la poesía, no han beneficiado al texto dramático. (Y la difusión del texto dramático entre productoras y agentes en Reino Unido se hace con PDF y archivos Word con la misma facilidad –o hasta con más– que en libro impreso).

Por lo tanto, dar a los traductores la oportunidad de postular directamente a una subvención sin la necesidad de involucrar una editorial ha facilitado mucho esa posibilidad de difusión. Ya en la primera ronda de ayudas de la Fundación SGAE, varias obras españolas (de Carlos Contreras, Borja Ortiz de Gondra y Gracia Morales) se han traducido al inglés y ya están circulando por los tablets de los literary managers de los teatros británicos (y estadounidenses, australianos…). Es notable también que iniciativas como esta sí pueden influir en la política de publicación de las editoriales: por muy obvio que parezca comentarlo, un editor es mucho más favorable a publicar un texto si tiene la posibilidad de leer una traducción completa antes de comprometerse (y aunque esté por confirmar, existe algún proyecto en el aire para 2018; lamentablemente, no puedo decir mucho más por el momento).

Otra forma de ayuda que se dirigiría a la especificidad del texto teatral sería la ayuda al montaje o a la lectura dramatizada. Lamentablemente, hacer teatro en Londres, incluso en las salas alternativas, dejó de ser una propuesta al alcance del bolsillo del artista independiente hace muchos años. Si el ciclo de dramaturgia española se ha podido hacer en el Cervantes Theatre este otoño, ha sido en gran parte gracias al apoyo de Acción Cultural de España, cuya ayuda queda reconocida en el marketing del evento. Como iniciativa innovadora para el 2017, esta subvención ha impulsado directamente la difusión que todos deseamos. En la comunidad traductora, poder montar más eventos de este tipo, donde todos los profesionales y artistas reciban una remuneración profesional y donde el presupuesto permita el alquiler de un espacio conocido por la industria escénica, digamos, de público general, sería un lujo, pero también un paso importante hacia un objetivo que es ambicioso pero que no tiene por qué ser irrealista: ¿el próximo Arte, la nueva El padre, la dramaturga o el dramaturgo revelación en 2018 en este Londres donde de nuevo las tablas miran hacia fuera? ¡De España!

 

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Entre las últimas traducciones de William Gregory se destacan B, de Guillermo Calderón (Royal Court; Oberon Books); Villa, de Guillermo Calderón (Royal Court; PlayCo, Nueva York); Chamaco e Intemperie, de Abel González Melo (HOME, Mánchester); El mal de la piedra, de Blanca Doménech (Out of the Wings, Londres; Access Theater, Nueva York), y Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta, de Rodrigo García (Gate, Londres; Théâtre Excentrique, Sydney). Sus otras traducciones de textos españoles incluyen Los Gondra, de Borja Ortiz de Gondra (Fundación SGAE); Cuzco, de Víctor Sánchez Rodríguez; El galgo y Flashback, de Vanessa Montfort, y Primavera, Verano e Invierno, de Julio Escalada. Es editor de traducción de https://thetheatretimes.com/, mentor para el programa de traducción teatral [Foreign Affairs] Translates! y asociado visitante de investigación de King’s College London. Se formó como actor en Drama Studio London y en la Escuela Navarra de Teatro, y como filólogo en Trinity Hall, en la Universidad de Cambridge. Es socio de la Asociación de Traductores de Gran Bretaña y de la Asociación de Traductores Literarios de EE.UU. Vive en Londres y se encuentra en Twitter bajo el nombre de @wjg22.

 

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Notas

  1. Incluso el Royal National Theatre y la Royal Shakespeare Company no son “nacionales” en el sentido de sus equivalentes en España: aunque reciban subvenciones del Arts Council, nuestro consejo de artes, no dependen directamente ni automáticamente del Estado.↵ Volver al texto
  2. Espasa, Eva. Performability in Translation: Speakability? Playability? Or just Saleability? Ed. Upton, Carole-Anne, Moving Target (Mánchester, St Jerome, 2000), pp. 49-62.↵ Volver al texto

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