N.º 41La edición teatral a través de la historia

 

El teatro también se lee

Leer teatro

Manuel Aznar Soler
Universitat Autònoma de Barcelona

Leer teatro exige leer un texto de literatura dramática con imaginación escénica.  O, dicho de otra manera y en palabras de José Sanchis Sinisterra, “leer un texto teatral consiste en asistir a una representación imaginaria”, es decir, “leer teatro es poner en escena: el lector es un director virtual”. Para leer teatro se necesita tener sentido escénico, sensibilidad escénica, imaginación escénica. El buen lector de teatro no es el buen lector de literatura dramática, sino el lector capaz “de percibir la simultaneidad y la interacción de todos los sistemas de signos que están ahí, funcionando, aunque el discurso textual no los focalice o ni siquiera los mencione” [1].

Y, en este sentido, una de las mayores dificultades que tienen los estudiantes de filología española, a mi modo de ver, consiste en la dificultad para leer bien, con sentido escénico, las acotaciones o didascalias. Mi experiencia de muchos años como profesor de una asignatura de “Teatro español contemporáneo (1900-2012)” que consiste, en rigor, en la exposición y debate sobre diez lecturas obligatorias de nuestra literatura dramática, desde las Comedias bárbaras y Luces de bohemia de Valle-Inclán hasta el Himmelweg de Juan Mayorga, así me lo confirma año tras año.

Dicen los libreros, con razón, que el teatro es el “género” que menos se vende. Y hablo de “género” en sentido literario, aunque el libro sea también mercancía en nuestra sociedad capitalista. Está claro que el teatro se vende poco porque no abundan los buenos lectores del “género”, porque la lectura de teatro exige una sensibilidad escénica que no poseen ni la mayoría de personas, ni la mayoría de estudiantes de filología, ni la mayoría de lectores de narrativa o poesía.

Hay un hecho que se repite sistemáticamente todos los años: cuando en clase un estudiante lee en voz alta algún fragmento de la obra que comenta, muchas veces se limita a leer los diálogos entre los personajes y omite la lectura de algunas acotaciones: no, claro está, las iniciales de escenas o actos, sino muy particularmente las que son breves y constan a continuación del nombre del personaje. Así, si antes de hablar un personaje el autor indica que está “nervioso”, el estudiante no suele leer con ese tono, sino que omite en su lectura en voz alta el paréntesis de la acotación y lee las palabras del personaje con el mismo tono que antes.

Como parte sustancial del proceso de aprendizaje teatral, los alumnos de la asignatura están obligados a asistir a una representación teatral y a escribir luego una reseña crítica de la misma. El lector de literatura dramática pasa a ser así no solo espectador de una representación escénica sino también crítico teatral. Algunas veces, por ejemplo el pasado curso académico con la puesta en escena en Barcelona de Luces de bohemia, dirigida por Oriol Broggi, coincide felizmente una lectura obligatoria con una puesta en escena de la misma. Es un lujo que el profesor conviene que no desaproveche, porque el alumno vive así una experiencia enriquecedora para su formación teatral: pasa de ser un mero lector de literatura dramática con sensibilidad filológica del texto de Luces de bohemia a la condición de espectador que asiste a la lectura que un buen lector de teatro, el director de escena, le ofrece ante sus ojos de una obra determinada, en este caso Luces de bohemia,que el alumno ya ha leído y conoce. Y tras asistir a la representación como espectador, debe transformarse en crítico teatral y escribir luego una reseña crítica de la misma donde está prohibido hablar del autor y del texto de la obra para referirse únicamente a todos los elementos de la escena, de la representación teatral de la que han sido espectadores: desde la escenografía e iluminación al vestuario, música, interpretación o dirección. Y esa experiencia doble, lector de un texto de literatura dramática y espectador de una puesta en escena de ese mismo texto de literatura dramática, resulta siempre enriquecedora para el alumno con deformación filológica y contribuye muy positivamente a su formación escénica, es decir, a su aprendizaje teatral. Porque, tras ser espectador y crítico de la puesta en escena por ese buen lector de teatro que es el director, el alumno ha aprendido a leer mejor la literatura dramática, a tratar de ser director escénico en su futura lectura de un nuevo texto de literatura dramática. Y ya se sabe que el éxito en la “enseñanza” de todo profesor consiste en acertar a estimular el “aprendizaje” del alumno.

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Notas

  1. José Sanchis Sinisterra, “Lectura y puesta en escena”, en La escena sin límites. Fragmentos de un discurso teatral, edición de Manuel Aznar Soler. Ciudad Real, Ñaque Editora, 2002, p. 237.↵ Volver al texto

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